Ciclo B

XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8
Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27
Marcos 7, 1-8a. 14-15. 21-23

"Observarán los mandamientos del Señor su Dios y los pondrán en práctica" (Dt 4, 5-6: primera lectura); "Sean de aquellos que ponen en práctica la palabra y no se limitan a escucharla" (Sant. 1, 22: segunda lectura); "Dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres" (Mc 7, 8: Evangelio). Estas tres frases sintetizan el mensaje perfecto que nos propone la liturgia de este domingo. La ruptura entre fe y vida, entre el culto y la existencia, entre la legalidad y la humanidad genera las perversiones de la religión, el legalismo, el fariseismo o el espiritualismo angelista.

El primer pasaje tomado de la colección apasionada de homilías sobre la Ley que constituyen el Deuteronomio, es una celebración entusiasta de la adhesión a la propuesta de Dios expresada en la Ley. El comentario perfecto a este pasaje puede ser el monumental Salmo 119, verdadero y propio himno coral a la voluntad de Dios encarnada en la Biblia. En efecto, "lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi sendero" (Sal 119, 105). En esta palabra-mandamiento el hombre encuentra la verdadera inteligencia y la verdadera sabiduría (v. 6) y sobre todo descubre la presencia de Dios. Al Señor no hay que buscarlo en cielos lejanos, sino en su palabra, "lo buscarás en su morada, en el lugar que él escogió entre todas las tribus para establecer su nombre, allá irán." (Dt 12, 5). La verdadera religión consiste en descubrir la cercanía de Dios en la misma existencia humana. La pregunta retórica final es espléndida: "¿Qué nación tiene su divinidad tan cercana como el Señor nuestro Dios está cercano a nosotros?" (v.7).

Hoy iniciamos la lectura de la carta de Santiago donde uno de los temas es la verdadera religión, hecha de existencia y de compromiso vital y no de palabras. Es notable que el vocabulario litúrgico neo-testamentario hable sobre todo de valores concretos y existenciales ("liturgia, diaconía, sacrificio, adoración, etc.). Además este escrito, proveniente del ambiente judaico helenístico, se coloca en esta línea polemizando ferozmente contra las desviaciones de un culto convertido sólo en rubricismos (2, 1-13; 3, 1-13; 2, 14-26) y excusas para justificar una riqueza injusta y desmedida (1, 9-11; 2, 5-7; 4, 13-17; 5, 1-6). Se comprende, entonces, la importancia que reviste en la colección de sentencias dispares que constituye el c. 1 la definición "existencial" de la auténtica religión: "socorrer a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y conservarse puros en este mundo" (v. 27). La "palabra de verdad", o sea, el evangelio (v. 18), que nos ofrece el "Padre de las luces" (cfr. Gen 1, 14-18; Jn 1, 5), tiene en sí misma esta exigencia imprescindible. "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt 7, 21). En efecto, "mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 8, 21). Contra cualquier forma de sacralismo, el cristianismo propone en el espíritu de la profecía veterotestamentaria, un "culto espiritual" y un sacrificio vivo" hecho de "cuerpos" (Rom 12, 1): "no se olviden de la beneficencia y de la "koinonia" porque en estos sacrificios se complace el Señor" (Heb 13, 16).

Sobre esta actitud de la fe, Jesús es radical, como lo testifica el violento ataque a los fariseos en el evangelio de hoy y la posterior sección positiva (7, 14-23). Las prescripciones de pureza, ejemplificadas en la llamada "netilat yadayim" ("lavarse las manos") y en el llamado simbólico a purificar el corazón y la vida (Sal 24 y 26) se habían transformado en un obsesivo legalismo puritano que estaba destinado a agotar todo compromiso religioso. Jesús, con agudeza, opone estas prácticas exteriores liquidándolas como "tradiciones de los hombres", al "mandamiento de Dios" que es en cambio una llamada a la conciencia.

Se comprende ahora el camino hacia el análisis del "corazón", las decisiones fundamentales y la actitud global de la vida, término que en la Biblia está destinado propiamente para la conciencia. Precisamente ahí, en las "prostituciones, en los robos, en los homicidios, en los adulterios, en las avaricias, en las maldades, en los engaños, en los impudores, en las envidias, en la soberbia y en la estupidez" se juega el destino del hombre y no en la exterioridad de los vestidos, de los alimentos y de los rituales vacíos y fríos. La escena ejemplar que comenta de la propuesta de Jesús parte de la Iglesia puede ser el largo pasaje sobre la conversión del centurión Cornelio de Hech 10. Paganos y judíos se reencuentran así en la misma mesa, sin preocupaciones ni prohibiciones alimenticias (cfr. 1 Cor 8-10; Gal. 2, 12). "Celebremos la fiesta no con la levadura de la malicia y de la perversidad, sino con los ázimos de la sinceridad y de la verdad" (1 Cor 5, 8).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El fariseismo, el sacralismo, la religiosidad como excusas respecto a un compromiso de honestidad y de justicia son tentaciones constantes contra las que se debe elevar la voz profética de la Iglesia. La fe es existencia, no magia ni farsa sacra. Toda la celebración de hoy, como se ha visto, se mueve en esta línea que entre otras cosas es específica de la religión bíblica, que es por naturaleza histórica y encarnada (ver el "Credo" histórico de Israel en Dt 26, 5. 9, en Jue. 24, 1-13, en Sal 136 y en la teología neo-testamentaria de la Encarnación). La tentación del legalismo hace irrespirable la vida de la fe y hace de la Iglesia un geto, privándola de su fuerza de levadura y de luz.

2. La Iglesia debe vivir en constante actualización y creatividad, fiel al llamado que Dios le envía a través de los signos de los tiempos. La fidelidad no es esclerótica sino dinámica, el amor por la sana doctrina es continuamente vivaz y provoca nuevas energías, la esperanza es tensión mesiánica y no inercia sin búsqueda y ansia. Como escribía el poeta y místico inglés William Blake, el creyente debe estar poseído por un continuo "furor por Dios y furor por el hombre". El tradicionalismo, el sacramentalismo habitual son una capa de plomo, la verdadera tradición y el sacramento son, por el contrario, vehículos de expresión de una conciencia sensible y fresca.

3. La encarnación exige como parte integrante de la religión la acción por la justicia: "socorrer a los huérfanos y a las viudas", "poner en práctica las normas", "honrar no sólo con los labios", cuidar el corazón del hombre. Si es verdad que el Cristianismo tiene una carga de salvación que llega hasta donde la liberación política no alcanza, es también verdad que existe como redención del hombre real y no angélico y en cuanto tal tiene una carga secular y social. El reclamo de la fidelidad a Dios y al Espíritu no es una alternativa de la reivindicación de la fidelidad a la tierra y a la historia (evangelización y promoción humana).

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