Ciclo B

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Isaías 35, 4-7a
Santiago 2, 1-15
Marcos 7, 31-37

La presencia de Cristo en la historia es principio de gozo, de liberación y de salvación. El desierto del sufrimiento y del mal está atravesado por una corriente viva. La preparación simbólica a la lectura del evangelio de hoy es el segundo cuadro del llamado "Apocalipsis menor de Isaías", obra del Segundo Isaías, y que es paralela al "Apocalipsis mayor" de los cc. 24-27. El primer cuadro (c. 34) nos presenta un trasfondo de castigo y de juicio, de cólera y de destrucción; el segundo, en cambio, del que está tomada la primera lectura de hoy (c. 35), nos transporta a un mundo de paz y de gozo. La caminata por el desierto de los hebreos exiliados provenientes de Babilonia se transforma en una procesión coral, similar al ingreso triunfal del primer éxodo de Egipto o a las peregrinaciones anuales y gozosas al Templo de Jerusalén (Sal 122). El desierto de la existencia humana está recorrido por la felicidad y la vida. El cuerpo mutilado, cansado o herido y la debilitación de la esperanza están atravesados por una fuerza contagiosa de transformación. Es la nueva vida del pueblo de Dios que, de la miseria, peregrina hacia la esperanza y la libertad.

Con esta perspectiva podemos ahora leer la narración de San Marcos de la curación del sordomudo. La perícopa tiene muchos puntos de contacto con la curación del ciego de Betsaida (, 22-26), ambos textos propios de San Marcos y situados al final de una serie de episodios ligados a una multiplicación de panes. Los dos milagros parecen ser signos de apoyo de una catequesis basada en Is 35, nuestra primera lectura, a la que se alude en el v. 37 y a la que nos envía también la curación del ciego. El gesto de la "mano de Jesús" (v. 32) que recorre el cuerpo enfermo y sufriente, está iluminado por la palabra aramea "Effetá", que se ha conservado en la tradición histórica e posteriormente se introdujo en la antigua liturgia bautismal. La palabra de Cristo es eficaz y determinante, las fronteras del dolor y de la miseria se "abren", como ya lo había anunciado Isaías.

La gran final del pasaje, recuerda el "secreto mesiánico" típico de la teología de San Marcos. Tiene la función de conducir a los seguidores de Jesús a entender progresivamente el misterio profundo que se deja entrever precisamente en este hombre extraño, Jesús. Su meta consiste en irse acabando lentamente en cuanto los ojos de los fieles se abran más a la realidad de Cristo. El "secreto" está dirigido a terminar en la "proclamación" que en el v. 37 recibe una ayuda de la palabra veterotestamentaria de Dios: "Ha hecho bien todas las cosas; hace oír a los sordos y hablar a los mudos". Se trata de una proclamación todavía imperfecta y provisional pero es una etapa y una anticipación de la confesión de fe plena y definitiva de la comunidad cristiana personificada por el centurión al pie de la cruz: "verdaderamente este es Hijo de Dios" (Mc 15, 39).

Para revelar su salvación Dios escoge a los pobres y a los que sufren y sobre esta base también podremos hacer una reflexión sobre el pasaje de Santiago que constituye la segunda lectura. Todavía una vez más este texto del judeo-cristianismo helenístico tiene la precaución de hacer resurgir dos tesis propias de su reflexión: la atención a los pobres, con frecuencia olvidada por los nobles de las distintas comunidades, y el nexo íntimo entre culto y vida, entre fe y compromiso existencial. Volviendo a estudiar un dato teológico constante del N.T. el autor proclama la absoluta igualdad de la humanidad delante de Dios, precisamente porque la gloria que cuenta es la del Señor y todos tienen necesidad de la salvación. "Junto a Dios no hay parcialidad" escribía San Pablo a los Romanos (2, 11), poniendo en el mismo plano a judíos y gentiles (cfr. Ef. 6, 9; Col 3, 25; 1 Pe 1, 17). Es más, si acaso existiera un privilegio de parte de Dios, este privilegio está reservado a los pobres, a los débiles, a los que no son nada (1 Cor 1, 27-28) y esta parcialidad es lo máximo de la imparcialidad verdadera.

La elección hecha en la fe, obra una transformación de la pobreza en riqueza según la fe, mientras que los ricos anquilosados en sus privilegios y sus bienes están predestinados a quedar excluidos del reino de Dios (cfr. 5, 1-3): "Esto les digo, hermanos: ni la carne ni la sangre pueden dejarnos como herencia el reino de Dios" (1 Cor 15, 50). En cambio a los pobres, los sordomudos, los ciegos, los pecadores de corazón arrepentido, son a los que Cristo les abre "el reino que Dios ha prometido a los que lo aman" (v. 5).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. La primera palabra de la liturgia de hoy es una palabra de esperanza. El desierto de la existencia puede florecer bajo la acción del amor de Dios. Es un florecer biológico, ciegos y sordos quedan curados. El compromiso de Dios en favor del hombre es también "físico". E idéntico debe ser el compromiso del creyente por los demás hombres. La atención por el pobre en Dios, es fundamental (Santiago). En el A.T. Dios se autodefine como el abogado defensor del pobre. Por consiguiente la misma atención debe estar siempre presente en el creyente auténtico: "Dios ha escogido a los pobres" y esta "caprichosa" preferencia de Dios debe ser compartida también por el discípulo.

2. "Se abrirán los oídos de los sordos" (Is 35, 5); "Jesús dijo: Effetá, o sea, Ábrete"" (Mc 7, 34). Junto al "abrirse" físico, o sea, la sanación, está el abrirse interior, que es la que se logra por la proclamación de la fe todavía imperfecta y que está presente al final del evangelio de hoy ("¡Qué bien lo hace todo!"). Jesús, con su acostumbrada reticencia, típica del "secreto mesiánico" de San Marcos ("mandó que no lo dijeran a nadie"), nos invita a una apertura mayor, a una disponibilidad siempre más amplia, a una fe siempre más luminosa.

3. En el itinerario del "abrirse" a la fe pura, no estamos solos ni abandonados a nuestras propias fuerzas. "Dile a los de corazón apocado: ¡Ánimo, no tengan miedo! Aquí está su Dios" (Is 35, 4). "Dios escoge a los pobres para hacerlos ricos en la fe" (St. 2, 5). "Jesús suspiró y dijo: "¡Ábrete!" (Mc 7, 34). La confianza en Dios Padre es fundamental. Escribía Teilhard de Chardin en "Como yo Creo": "Dios se inclina sobre la criatura que sube hacia Él y se esfuerza para hacerla feliz y para iluminarla. Como una madre Dios observa a su criatura. Aunque todavía mis ojos no sepan percibirlo. ¿Acaso no será necesario todo el tiempo de los siglos para que nuestra mirada se abra a la luz?"

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