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DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Isaías
50, 5-9a
Santiago 2, 14-18
Marcos 8, 27-35
Con
la perícopa evangélica de hoy llegamos al centro
del Evangelio de San Marcos. La dinámica del libro,
está situada entre una oscuridad inicial y una luz
final decisiva y tiene en este capítulo su punto fuerte.
Distinto del paralelo de San Mateo, Jesús aquí
se revela solamente como Cristo, o sea, el Mesías (Mt
16, 15 escribe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios vivo"). No es todavía la iluminación
definitiva de la fe, la que florecerá en labios del
centurión romano al pie de la cruz: "Verdaderamente
este es el hijo de Dios", que es el vértice de
todo el escrito de San Marcos (Mc 15, 39). Pero no es tampoco
la apreciación imperfecta y hasta desviada de la "gente"
que ve en Cristo solamente un heredero de la predicación
violenta y "fogosa" de Elías o una variante
quizá más pálida del Bautista, cuyos
discípulos no se resignaban a su caída.
Jesús,
a través de la definición de San Pedro ha revelado
una parte significativa de su fisonomía. Según
la expresión de San Agustín Jesús es
la esperanza de Israel hecha persona, es la espera que se
está convirtiendo en certeza, es el sol que recoge
en sí mismo todas las luces. San Marcos, repitiendo
todavía hoy la pregunta de Jesús: "¿Y
ustedes quien dicen que soy?", invita a la Iglesia y
a cada creyente a medir el nivel de su fe, a definir la autenticidad,
a purificarla de las falsas imágenes, a celebrar el
gozo del conocimiento de Dios. Pero porque se trata de una
etapa para la identificación plena del misterio de
Cristo, la pregunta también es una invitación
a retomar el camino de la búsqueda, con paciencia y
con amor, para llegar a la luz de la revelación pascual.
Este
itinerario de fe, se encuentra súbitamente también
con San Pedro, que creyó que había agotado el
misterio. En efecto, conforme a la notoria reticencia de San
Marcos (el llamado "secreto mesiánico"),
Jesús impone de inmediato el silencio (v. 30). Cierto,
el título de "Cristo" es válido para
Jesús como él mismo lo declarará en el
proceso judío frente al Sumo Sacerdote (14, 61-62),
pero es un título incompleto y ambiguo. Él,
no nos salvará a través de las senderos reales
de la potencia y del éxito, camino que lo alejaría
más de los hombres, ante los cuales Él es "siervo"
y no el dominador. La óptica mesiánica del hebraísmo
documenta muy bien la reacción de Pedro: es imposible
asociar y conciliar la perspectiva gloriosa del rey Mesías,
con la de la experiencia de una muerte sufriente. En este
sentido San Pedro es el emblema de la tentación "satánica"
apoyada en un mesianismo político y taumatúrgico,
precisamente como en la escena del monte de la tentación
descrita por Mt 4, 8-10. Si él hubiera querido continuar
en esta convicción ("pensar según los hombres",
v. 33), hubiera sido retirado ("¡aléjate
de mi!") de su condición de discípulo que
es el que "camina detrás de Jesús"
(1, 17. 20 y sobre todo el v. 34 de nuestro pasaje). Jesús
revela entonces su visión mesiánica y presenta
la modalidad con la que se conducirá este mesianismo.
La fórmula del anuncio de la muerte-resurrección,
que marca tres veces el camino de Jesús a la Cruz,
está tomado del mismo Credo de la Iglesia primitiva
(1 Cor 15, 3-5). Y en cada ocasión en que se pronuncia,
está siempre acompañada de una declaración
paralela sobre el discípulo. El retrato del discípulo
debe reflejar los lineamientos del Maestro. También
él, por lo tanto, debe ser el hombre de la donación
total (vv. 34-35), debe ponerse sobre la espalda la cruz arriesgando
su propia vida por Cristo y por su anuncio gozoso al mundo.
Jesús,
delineando así su misión mesiánica, trae
a su memoria una tradición profética un tanto
misteriosa, donde un "Siervo del Señor" sufriente
había visto la liberación de la humanidad: su
dolor era raíz de salvación y de paz para Israel
y para el mundo. La liturgia de hoy vincula uno de estos textos
clásicos del Siervo del Señor a la revelación
de Jesús. Se trata del llamado "tercer canto del
Siervo", obra de un profeta anónimo del período
post-exílico (VI siglo a.C.), cuya profecía
quedó compilada en el pergamino del gran profeta Isaías
(50, 4-9: primera lectura).
Como
Jeremías, el Siervo se define como el hombre perseguido
a causa de la Palabra que debe escuchar y anunciar. Es un
mensaje que dirige a los "desamparados" (v. 4),
o sea, al pueblo de Dios desalentado. Pero esta voz, que es
el eco de la voz de Dios, no la escuchan, es más, la
cuestionada con violencia. Al Siervo lo persiguen como a un
tonto (Job 16, 7-11; Prov. 10, 13; 19, 29): Él, el
sabio por excelencia porque es portavoz de la Palabra, es
tratado como un bufón (1 Cor 1, 17-25). El desprecio
se convierte en agresivo con los escupitajos y con los jalones
de la barba. Y de todos modos, Él va a su encuentro
estando bien consciente de las consecuencias de su ministerio
y con la certeza de su victoria por la cercanía con
Dios (vv. 7-9). Como Cristo, el Siervo se manifiesta como
el hombre del "evangelio" y de la pasión.
El sufrimiento adquiere en Él una nueva forma de valoración
respecto a la tradicional (libro de los Proverbios, por ejemplo):
ya no es un signo de rechazo, sino de elección.
Continuando
con la lectura de la carta de Santiago (segunda lectura),
entramos al corazón de este escrito judeo-cristiano
con la perícopa de hoy. De hecho la sección
2, 14-26 pone como tema la idea que subyace en casi toda la
composición, la relación entre la fe y las obras
(1, 3-6. 25; 3, 13). Al leer estas líneas y a primera
vista, parecería que estamos presenciando una aguda
polémica con el pensamiento paulino expresado sobre
todo en sus cartas fundamentales, Gálatas y Romanos.
Para San Pablo, en efecto, "la fe justifica al hombre
independientemente de las obras de la Ley" (Rom 3, 28;
cfr. Gal. 2, 16). En realidad Santiago nunca identifica la
fe con las obras, ni las obras con la observancia legalista
judía: él quiere solamente celebrar la exigencia
de una encarnación ética y existencial que postula
la fe. El acento sobre el compromiso moral no elimina pues
nuestra adhesión a la intervención primaria
y fundamental de Dios, como quedó escrito en 2,22 "la
fe coopera con las obras". El ambiente judeo-cristiano
puede haber sugerido este diverso matiz. También San
Mateo remarca la importancia del compromiso existencial (Mt
5, 16. 20; 7, 12-27; 12, 50; 18, 23-35; 25, 31-46). San Pablo
y Santiago son entonces el testimonio vivo de la pluralidad
teológica y pastoral en la unidad sustancial de la
fe cristiana.
SUGERENCIAS PASTORALES
1.
La confesión de San Pedro está acompañada
de un "desconocimiento" de parte de Jesús.
Realmente San Pedro intuye un lineamento fundamental de
la fisonomía de Jesús, el lineamento mesiánico,
pero muy pronto lo empobrece en los límites de una
etiqueta racional o sociopolítica. La fe requiere
una continua purificación y un progreso imparable,
como lo enseña toda la estructura del evangelio de
San Marcos. Toda reducción sociológica, todo
empobrecimiento tradicional, todo bloque nostálgico,
todo escape mítico no hacen más que matar
lentamente esta fe. La fe es vida, es pascua, es elección
continua y gozosa. Jesús nos ha enseñado que
la fe es un abrirse a Dios infinito ("Sean perfectos
como su Padre").
2.
La fe no nace de las obras sino florece espontáneamente
en las obras (carta de Santiago). Y las obras son, sobre
todo, el amor y la justicia. Escribe Leonardo Boff en su
volumen "Jesucristo liberador": "Creer significa
buscar el centro del hombre no en sí mismo sino fuera,
en los otros y en Dios, tener el coraje de ser un Cristo
"arlequín" (H. Cox) o el Cristo "idiota"
de Dostoevskij (Bonhoeffer) que no abandona jamás
a los hombres, que prefiere a los marginados, que sabe soportar
y ha aprendido a perdonar, que es revolucionario pero no
discrimina jamás, que es despreciado y considerado
loco aunque manifieste una sabiduría que no confunde"
(cfr. primera lectura).
3.
Este itinerario de fe conoce en el Maestro y en el discípulo
la cruz, o sea la donación extrema (2ª. Y 3ª.
Lectura). "Para entrar en el Reino de Dios son necesarias
muchas tribulaciones" (Hech 14, 22).
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legal.
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