Ciclo B

XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Sabiduría 2, 12.17-20
Santiago 3, 16- 4,3
Marcos 9, 30 - 37

Después de los "eventos" de Cesaréa de Filipo en los cuales Jesús ha descubierto una de las partes fundamentales de su identidad a través de la profesión de fe de san Pedro, Cristo desarrolla una catequesis que se orienta progresivamente hacia el misterio pascual. Jesús formula el contenido central del Credo cristiano en tres lecciones paralelas (los tres anuncios de la pasión-muerte-resurrección) y además desarrolla la dimensión antropológica (los tres discursos sobre el discípulo y sobre su seguimiento). El evangelio de hoy nos presenta la segunda lección (9, 30-37) que se centra sobre el tema de la auténtica dignidad del discípulo, lo cual ocurre después de la proclamación, aún incompleta, del misterio pascual. El código de la autoridad cristiana se encuentra encerrado en el limpísimo y radical loghion del v.35: "si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el siervo de todos".

Esta conducta de donación total es el que constituye al discípulo en su genuina dignidad. No es a través del poder o de la gloria en donde se realiza este comportamiento, sino como diría San Juan, se realiza en el humilde lavado de los pies: "Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros (Jn. 13,14-15).

Posteriormente Jesús vuelve a ejemplificar este comportamiento en el simbolismo del niño. Haciendo un salto cualitativo en la visión del niño, Jesús rechaza la concepción según la cual el niño siempre es objeto de educación de parte de los adultos. Por el contrario el niño es sujeto de un mensaje preciso que debe transmitir particularmente a aquellas personas que por su edad o por su cultura son superiores a él. El representa no tanto el candor de su inocencia sino más bien su total disponibilidad. No es tanto la limpieza de su pureza moral cuanto más bien el abandono sin cálculos, sin dobleces y sin ningún interés. Con el espíritu "de un niño acurrucado en los brazos de su madre" (Sal. 131,2) el discípulo entra en el mundo no con la fuerza de las armas, ni tampoco con el prestigio del dinero o las maquinaciones de la política sino más bien con el espíritu del que "ha venido a servir".

Esta donación puede implicar también el riesgo de la propia vida, tal como le sucedió a Cristo. Más que perder la vida probablemente se tratará de marginaciones, contestaciones, sarcasmos y soledad. Es exactamente la misma experiencia vivida por los judíos fieles de Alejandría de Egipto que estaban inmersos en una sociedad hostil y pagana. El libro de la sabiduría, pequeña joya de la literatura bíblica griega, dirige un mensaje de confianza y de constancia a estos judíos. En efecto, como nos sugiere el c.2 del cual está tomada la segunda lectura de hoy, los impíos parecen celebrar su triunfo sobre los fieles y sobre los justos. Todo su discurso coral habla de persecución y de fastidio precisamente por la presencia del justo (que es un "excéntrico") en medio de una sociedad corrupta y deshonesta. El justo hebreo se convierte así en el símbolo omni-temporal del fiel sufriente y torturado por la malicia humana. La imagen que está implícita en el Siervo paciente de Is. 53 (cuarto canto del Siervo del Señor) y la repetida definición de "Hijo de Dios" que se atribuye al justo (vv. 13.16.18), han convertido esta figura del hebreo perseguido en un emblema de Cristo en la tradición cristiana.

Sin embargo en el horizonte del fiel se perfila una esperanza. En el versículo 20 se espera el "auxilio", es decir el juicio salvífico o punitivo de Dios frente a la humanidad justa o pecadora. Y como dice la temática de fondo del salmo responsorial (Sal. 54) el camino de la comunidad cristiana tiene trazos con frecuencia oscuros, pero al final siempre existe la certeza de la ayuda y del apoyo del Señor. Hay como una misión en la donación, en la pasión y en la muerte tal como ocurre con el grano de trigo sembrado en la oscuridad de la tierra. Pero también una misión de alegría a la hora de la cosecha (Jn. 12, 24). "Al ir, van llorando, llevando la semilla; y vuelven cantando, trayendo sus gavillas" (Sal. 126,6).

En la segunda lectura continua de la carta de Santiago, el párrafo antológico que se presenta en la lectura de hoy contrapone dos modelos de sabiduría, es decir dos proyectos de vida y de juicio de la realidad, casi podríamos decir dos filosofías. La primera de las cuales está definida como un don de Dios en la cadena de la literatura sapiencial del A.T. ("viene de lo alto" 3,17) y viene acompañada de un cortejo de virtudes morales muy elevadas. En efecto esta trae frutos de paz (Mt. 5, 9; Heb. 12, 11; 1 Pe 3, 10-11), de piedad (Sant.2, 13), de dulzura y amor (Mt. 5, 4); 1 Pe 3, 4.16; Sant. 1, 21). Este catálogo de virtudes tiene su paralelo negativo en el cortejo que acompaña a la otra sabiduría: La sabiduría "diabólica y terrena". Esta última genera guerras, pleitos y codicia de las riquezas y por el contrario y sobre todo, crea una tensión continua en el interior del hombre que permanece eternamente insatisfecho y marginado.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. "Los pastores de la Iglesia bajo el ejemplo de Cristo, están al servicio de los demás y al servicio de otros fieles y estos a su vez dan voluntariamente su colaboración a los pastores y a los maestros". Esta descripción de la Diaconía en la Iglesia hecha por el Vaticano II (Lumen Gentium 32) puede ilustrar con mucha utilidad el texto del día de hoy. La autoridad no es una autocracia sino más bien un "servicio" a favor de la comunión. Todos deben hacerse siervos los unos de los otros y según una citada etimología de la palabra autoridad (probablemente del Latín augere) deben "hacer crecer", es decir, ayudar a los demás y a la Iglesia a ser más luminosos y más justos. La "Jerarquía" diseñada por Jesús es en efecto paradójica y debería verdaderamente animar cada responsabilidad eclesial: "que el primero sea el último y el siervo de todos" (Mc. 9, 35). Cada exceso de autoritarismo y de prepotencia es anti-cristiano.

2. El niño, es decir el más débil es el objeto primario del compromiso y de la atención por parte de la autoridad. Acoger a todas las criaturas pequeñas y pobres es como acoger a Cristo y a Dios es el acto de culto más alto. Y contemporáneamente el niño debe convertirse en nuestro maestro y guía y en nuestra autoridad, precisamente porque el pequeño es signo claro de abandono y de despojo del orgullo.

3. Esta propuesta hace conocer a la autoridad cristiana y a cada creyente la cruz y la muerte. La cruz de la soledad a la hora del sarcasmo (ver la primera lectura), la cruz de la persecución, la cruz del darse hasta la muerte. Sin embargo se trata de una cruz fecunda que genera paz, piedad, dulzura y amor (II lectura), una cruz que conoce también la pascua y la alegría. "Se han levantado contra mí los arrogantes y, los prepotentes traman insidias en mi vida. Pero Dios es mi auxilio y el Señor me sostiene" Salmo responsorial.

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