Ciclo B

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Gen. 2, 18-24
Heb. 2, 9-11
Mc. 10, 2-16

La reflexión que el leccionario actual propone, está dominada por un tema: el de la visión cristiana del matrimonio. La página de apertura de la Biblia (Gn. 2: primera lectura) y la evangélica, están en efecto profundamente relacionadas entre sí.

Los capítulos 2-3 del Génesis son una gran meditación sapiencial sobre el hombre de todos los tiempos y de todos los lugares, considerado en sus tres relaciones fundamentales: con Dios, con la materia y con sus semejantes. El primer cuadro (c.2) pinta el proyecto de Dios sobre la humanidad y sobre la realidad entera, como un plan totalmente tejido de armonía y de luz. El segundo cuadro (c.3) por el contrario, traza el proyecto alternativo que el hombre quiere realizar prescindiendo de la propuesta de Dios y cuyos resultados son trágicamente experimentables en nuestra historia.

Estas páginas, debidas a la llamada Tradición Yahvista" (siglo X a. C.), son una invitación a un examen colectivo de conciencia para volver a colaborar en el plan de Dios. En éste, la relación hombre-mujer, fundamento de la sociedad, está descrito en su forma más alta: el amor del hombre por su mujer, como se presenta en la perícopa de hoy. El hombre sobre la tierra se siente extraviado y nómada, "no está bien que esté solo" (v. 18). La soledad que el hombre tiene dentro de sí, es superada en dos etapas estructuradas en forma paralela. La primera está confiada al encanto (fascinación) del universo que cada día la ciencia, la técnica y la cultura abren ante el hombre, que penetra en los secretos de la naturaleza, de la materia y de la energía ("imponer el nombre" tiene este significado en el lenguaje bíblico). Sin embargo el hombre, llegado al atardecer de su aventura racional, se siente aún incompleto.

Y he aquí entonces la etapa decisiva: la aparición de la mujer cancela toda soledad; los dolores, las alegrías, las inquietudes, las interrogantes del hombre se disolverán (transfundirán) en el corazón de otra criatura "ayuda semejante a él" (v.20). Se entiende, entonces, que la unicidad absoluta de la mujer, la complementariedad de los dos sexos y la relación de amor sean celebrados con el asombro eterno del hombre enamorado en aquel primer canto de amor de la humanidad: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada varona porque del varón ha sido tomada" (en hebreo hombre-mujer son el mismo vocablo tanto en masculino como en femenino). Se juega con las palabras "Is - Issah (ish - isshah) Entre los dos se ha establecido una verdadera homogeneidad, una comunión tan profunda como para volverla una única existencia, "una sola carne" (v.24) una unidad que no se extinguirá ni siquiera con la muerte porque "fuerte como la muerte es el amor" (Cant. 8,6). Dios, en efecto, es representado simbólicamente como un constructor que crea una realidad tan cercana al hombre como para ser casi comparable a algo de su ser, la "costilla" (v.21). La mujer tiene por tanto la misma dignidad y grandeza del hombre. Si esta relación interpersonal se resquebrajara, si el diálogo se cancelara, si la mujer fuera reducida a un ídolo fetichista o un juguete precioso, el hombre volvería a ser despedazado en su interior y abandonado a su soledad.

Pasemos ahora al texto paralelo de San Marcos. Dando apenas la impresión de ser una colección de enseñanzas desparramadas, el c.10 de San Marcos adquiere su coherencia interna precisamente en el querer presentarse como una especie de regla para la comunidad mesiánica sobre los principales problemas de la vida cristiana. Los temas son tres: la teología del matrimonio (vv. 2.12), el niño como sujeto de catequesis y educación por el mismo adulto (vv.13-16) la ética de la riqueza y la auténtica jerarquía de valores (vv.17-31. 35-45)

Recortamos para nuestra interpretación los versículos centrales que se refieren al primer tema (v.6-9). El punto de partida está ofrecido por la intrincada controversia rabínica sobre la interpretación extensiva o restrictiva de la legislación divorcista introducida por Dt. 24, 1-4. La declaración de Jesús antes que vincularse a una excepción como era Dt. 24, se basa sobre la norma fundamental positiva del Génesis: "Dios los creó macho y hembra... y los dos serán una sola carne". Por eso, Él, en su constante ansia de radicalidad (ver el Sermón de la Montaña), invoca el proyecto ideal sobre el cual se debe medir y verificar toda elección matrimonial cristiana. Un ideal de donación limpiamente "totalizante" que no puede ser abolido por un "permiso", por una dispensa como aquella introducida por la ley deuteronomista. Ciertamente, las reglamentaciones concretas y contingentes pueden ser exigidas por la necesidad y por la limitación del hombre (piénsese en el llamado "privilegio paulino" de 1 Cor. 7), pero no pueden jamás elevarse como contra-proyecto divergente de aquel que el cristiano debe poner como perspectiva de fondo de su existencia matrimonial. Una decisión que habla de libertad y plenitud del amor.

Este domingo inicia la lectura antológica continua de aquel espléndido ejemplo de homilética cristiana que es la Carta a los Hebreos (segunda lectura), que se origina en los círculos teológicos paulinos. Se trata de un texto difícil, complejo, teológicamente denso y original, estructuralmente refinado. Para un primer acercamiento recomendamos el pequeño volumen: Cristo es nuestro sacerdote (Ed. Marietti) de A. Vanhoye, uno de los mejores especialistas de la carta. Leyendo en forma midráshica (homilética) cristiana el Sal. 8, la breve perícopa de hoy, ve en la encarnación de Cristo el germen de la Pascua en la que Cristo se establece en su función de gran sacerdote, salvador e intercesor. La Encarnación y la pasión tienen por tanto un aspecto sacerdotal como lo sugiere el "convertirse en perfecto" del v. 10 que es el verbo típico de la consagración sacerdotal. En la pasión, Cristo se hace hombre en el sentido más pleno, alcanzando así la plenitud de la encarnación, "y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia, y habiendo llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos lo que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec" (Heb. 5, 8-9).


SUGERENCIAS PASTORALES

1. El esplendor de la vocación matrimonial como donación de amor, las miserias en las que frecuentemente se enardece, la atención y el empeño necesarios para reconstruirla, después de la oscuridad, como signo del amor de Dios (Os. 2), son el hilo conductor central de la reflexión de hoy. Si alrededor de la cabecera del matrimonio en crisis, pueden justamente presentarse psicólogos, sociólogos, consejeros pastorales de variado género, hace falta no olvidar jamás que el matrimonio cristiano, siendo un sacramento del amor de Dios, postula ante todo una invocación a Dios para que renueve su gracia, purifique las miserias y restaure la pureza del amor. Hombre y Dios están implicados en este gran y fundamental acto de la historia humana.

2. "El amor conyugal es frecuentemente profanado por el egoísmo y por el hedonismo. Las actuales condiciones económicas, sociales, psicológicas y civiles, llevan también a la vida familiar a no leves perturbaciones. Precisamente porque es un acto eminentemente humano, estando dirigido de persona a persona, con un sentimiento que nace de la voluntad, este amor abarca el bien de toda la persona y por eso tiene la posibilidad de enriquecer con particular dignidad los sentimientos del espíritu y sus manifestaciones físicas y también de ennoblecerles, como elementos y signos especiales de la amistad conyugal (Gaudium et Spes nn. 47-49).

El hombre tiene la posibilidad y el derecho de vivir el sexo, pero el sexo de por sí es cualidad animal y biológica y como tal es ciego e instintivo. Sin embargo el hombre tiene la posibilidad de exaltar el sexo con el eros que es pasión estética y sensibilidad, cosa que son imposibles para el animal. Pero el eros por sí solo puede llegar a ser egoísta y reducir al otro a un objeto. El hombre, único entre todos los seres, puede vivir el amor que transforma sexo y eros en una comunión perfecta, en un signo vivo del amor divino.

3. Pista útil para la reflexión de hoy podría ser la G.S. nn. 47-52 sobre "La dignidad del matrimonio y de la familia (cfr. Nuestro comentario "Construí la casa sulla roccia" Comentario al leccionario bíblico del matrimonio Ed. O.R. 1976).

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