Ciclo B

XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Sabiduría 7, 7-11
Hebreos 4, 12-13
Marcos 10, 17-30

La segunda parte del Evangelio de Marcos continúa su progresiva pedagogía sobre el misterio escondido en Jesús Hijo del Hombre, quedando solamente dividida por los tres anuncios de la pasión. Ahora al fiel se le presenta el misterio del destino de este Mesías que no salva a través del triunfo y el poder, sino a través del sufrimiento y el desprendimiento. El discípulo es invitado a meterse en esta lógica abandonando sus esquemas mundanos. El discurso sobre la vocación al discipulado se coloca en el ámbito de una especie de código de la existencia cristiana del que hemos leído los dos primeros capítulos en la liturgia del domingo pasado (matrimonio y niños: Mc. 10, 1-16) y ahora el tercero sobre las riquezas y el discipulado (Mc. 10, 17-30). Jesús celebra el esplendor y la alegría de la donación pura al ministerio apostólico, enlazándose a la exigencia indispensable del despego de las riquezas. Los bienes materiales que se tienen en abundancia son una barrera insalvable que obstaculiza la conversión y el seguimiento de Cristo. Sólo un milagro obrado por la gracia divina para la que no hay nada imposible (v. 27) puede arrancar, incluso al rico, de su miseria humana y espiritual y guiarlo por el itinerario trazado por Cristo sufriente y pobre.

Es interesante notar en el diálogo entre Pedro y Jesús, después de la fallida vocación del rico, el uso de dos parejas de verbos. Pedro usa la expresión dejar-seguir (v. 19) aludiendo a la vocación sobre la orilla del lago Tiberíades (Mc. 1, 16-20). Jesús corrige la frase de Pedro con una aproximación positiva: dejar-recibir (vv. 29-30). El desprendimiento y la donación de un puñado de realidad terrenal a Cristo, no significa su desmoronamiento, sino su valorización. Lo que se regala en este espíritu se vuelve a encontrar aún más elevado, enriquecido y amplificado. Una alegría profunda, un bienestar global, una seguridad y una paz inesperada. Y en esta forma se hace "ya presente" (v. 30) la herencia permanente de quien se ha despojado de todo apego y posesión para hacer irrumpir en sí a Cristo y su evangelio.

En la base del libro de la Sabiduría está la perícopa tomada de aquel finísimo producto de la literatura judeo-alejandrina que es la misma celebración del primado de los valores auténticos y de la sabiduría (primera lectura). Ante Salomón, prototipo del perfecto rey y del perfecto sabio desfilan los bienes materiales: cetros, tronos, riquezas, joyas, oro, plata, salud, belleza y la misma luz. Según la técnica estilística de la comparación, estas realidades revelan su vacío profundo, su no-consistencia (son un puñado de fango o de arena v. 9) respecto a la prudencia y a la sabiduría, es decir, al patrimonio auténticamente humano y espiritual, que es lo único que pueden volver rica la existencia del hombre.

Marcos, bien consciente del destino que se está perfilando ante Jesús, añade una anotación ciertamente no marginal al "ciento por uno" de la recompensa: "junto con persecuciones" (v. 30). La referencia a las persecuciones no es sólo una nota realista que la comunidad cristiana primitiva ha experimentado con particular violencia, sino que es un rasgo consecutivo que distingue al discípulo. Éste, está totalmente diseñado en su fisonomía interior conforme al modelo de su Maestro.; "El discípulo no es más que su maestro" (Mt. 10, 24) y "el siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes" (Jn. 15, 20). La persecución y el rechazo por parte del mundo se convierten en un criterio de verificación de la autenticidad de la propia vocación y de la eficacia de la propia misión.

La radicalidad de la elección que Jesús impone al discípulo, queda iluminada por el célebre fragmento de la carta a los Hebreos sobre la Palabra de Dios (segunda lectura). En el texto original, la perícopa es un llamado de atención contra la falta de fe en las confrontaciones que hace la Palabra de Dios en su función judicial: "Quien me rechaza y no acoge mis palabras, tiene quien lo condene: la palabra que he anunciado lo condenará en el último día" (Jn. 12, 48). Sin embargo, el texto se vuelve también una sugestiva celebración de la eficacia de la Palabra divina y de su total radicalidad. Ésta se expresa claramente por la imagen militar que está presente en el simbolismo de la "espada" y en el término "desnudo" ("descubierto"), que en el original griego recuerda la situación del luchador postrado y reducido a la impotencia por su adversario. A la imagen militar corresponde la imagen fisiológica del ser humano (alma, cuerpo, espíritu, es decir la totalidad de las dimensiones humanas) penetrada, implicada, sondeada y conquistada por la Palabra. "Como desciende la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar,… Así será mi palabra, la que salga de mi boca…" (Is. 55, 10-11).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. La Palabra es siempre provocación, es espada, es lluvia fecundadora, es revelación. La medida de nuestra auténtica comprensión y aceptación de la Palabra se hace visible sobre todo con la fuerza incitante que ella tiene en nuestra vida. Es muy significativo el lema de las Sociedades Bíblicas Internacionales: "No basta poseer la Biblia, hace falta leerla; no basta leer la Biblia, hace falta creerla; no basta creer la Biblia, hace falta vivirla".

2. La fuerza provocativa de la Palabra se muestra sobre todo en el campo que ocasionalmente puede resultar trágico para el hombre como son las riquezas, las cosas, los bienes, la autosuficiencia. Cristo, sobre este punto, ha sido radical y exigente y precisamente sobre este punto, el fiel debe convertirse sistemáticamente porque la fascinación de este ídolo es potente y lacerante. La elección entre el Dios viviente y las riquezas muertas (Mt. 6, 24) es una de las decisiones supremas que frecuentemente se resultan en una traición, en abandono o en compromisos hipócritas ("Cualquiera de ustedes que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mi discípulo", Lc. 14, 33). La victoria sobre el encanto muerto de las cosas y la fascinación del "tener" es "imposible para los hombres", por eso debe ser pedida a Dios para quien "nada es imposible", como un don personal.

3. El desapego de las cosas nunca será suficiente si no es creativo, si no es en positivo y si no está orientación hacia los valores humanos y espirituales. La primera lectura habla de sabiduría es decir de la trama completa de los valores intelectuales, éticos, religiosos y San Marcos habla del evangelio de Jesús como del valor supremo. Quien sabe dar bienes y cosas para ayudar a los hermanos pobres encuentra una plenitud y una paz indestructibles, no obstante las persecuciones, la ironía y el sarcasmo que se pueden experimentar en una sociedad vacilante, fundada sobre las intangibles reglas de la economía y fundadas sobre el bienestar más desenfrenado. Pero sólo así el cristiano puede ser signo y fermento en el mundo egoísta (ver Hech. 2, 42ss).

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