Ciclo B

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Isaías 53, 2ª. 3ª. 10-11.
Hebreos 4, 14-16
Marcos 10, 35-45

El día de hoy nos encontramos con unas lecturas, de sabor unitario, centradas sobre la figura de Cristo Siervo sufriente del Señor (primera lectura), Sacerdote que sabe compadecerse de nuestras enfermedades (segunda lectura), siervo de todos hasta el punto de "dar la propia vida en rescate por todos" (evangelio). Con esta premisa podemos seguir el hilo conductor cristológico que unifica los tres textos que son distintos en su origen por su perspectiva y finalidad.

El primer texto es una colección antológica de fragmentos del célebre cuarto canto del Siervo del Señor, obra de aquel profeta anónimo post-exílico convencionalmente llamado el Segundo Isaías. En el centro de la escena surge un personaje misterioso, llamado precisamente Siervo del Señor, que es un título de honor y de dignidad, que en otro tiempo se había aplicado a los Patriarcas (Dt 9, 27), a Moisés (Jos. 24, 29), a David (2 Sam 7, 5.8) y luego a María (Lc 1, 38.48). Este personaje nace como un arbusto lleno de pequeñas ramas en medio de un desierto solitario, está aislado, sin antecesores o genealogías triunfalistas. Su existencia es pura gracia, porque no puede ser generado y alimentado por la tierra que está árida. Es una presencia viva en el mundo muerto y desolado del pecado humano. Es un hombre desfigurado que entra en la sociedad, pero que es despreciado porque su tormento se interpreta como un castigo divino y por lo tanto todo mundo tenía temor de contagiarse. Pero la muerte no es el destino final hacia el cual se dirige esta vida de dolor inocente. Al contrario, la muerte hace florecer el misterio de fecundidad que contenía aquel arbusto. Él "justifica a muchos" salvándolos con su dolor y puede contemplar a Dios mismo en la gloria de su exaltación final. Su vida y muerte han sido sacrificio expiatorio para nosotros, su "ser siervo" han sido nuestra justificación y reconciliación con Dios.

Así mismo, el destino del Hijo del Hombre es el de "servir y no el de ser servido" según la expresión usada por Jesús en Mc 10, 45. El versículo es significativo sobre todo por la teología de la salvación que propone. Muy por el contrario de la apreciación que hacen los hijos de Zebedeo que está anclada a un mesianismo de reivindicación de poder, Jesús contrapone la propuesta de un mesianismo de inmolación y de donación. Este es el "cáliz", o sea la suerte, que Jesús ofrece a aquellos que quieren seguirlo. Y a manera de paradoja incluso a estos discípulos inmaduros e "hijos del trueno" (Lc 9, 52-55) Jesús les ofrecerá el mismo "cáliz" y el mismo "bautismo" de sangre. En lugar de asegurarles un puesto de honor en el reino mesiánico-político, les ofrece un destino de sacrificio y de disposición en el encuentro con los hermanos. Este es el sentido de toda autoridad cristiana verdadera. Como escribía J. Delorme, la autoridad que Jesús comunica a los discípulos no es un dominio, sino "una disposición dada por Dios para un servicio". La homilía a los Hebreos expresa la donación de Cristo para la salvación de la humanidad bajo el esquema sacerdotal que es típico de la reflexión de esta obra, difícil pero significativa, de la primera teología neotestamentaria. Bajo un simbolismo espacial (traspasar los cielos) el Autor quiere ocultar el misterio profundo de la Pascua de Cristo que es la raíz de la liberación y de la salvación. Cristo "ha traspasado" nuestra humanidad, haciéndose "prójimo" de cada hombre, compartiendo la misma realidad, pero Cristo "ha traspasado" incluso los cielos, o sea la esfera de Dios a la que pertenecía por naturaleza y precisamente por estos dos eventos (encarnación y ascensión) se hace posible que él mismo pueda salvarse. El está cerca de nosotros para recuperarnos para Dios y está muy lejos para salvarnos. Esta función mediadora es por excelencia sacerdotal y de esta forma él se convierte en nuestro amigo y sacerdote perfecto. A él la humanidad pecadora se dirige con la seguridad de encontrar no un "trono", es decir un soberano dominador, sino más bien un "trono de gracia", o sea un Señor salvador.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. La Salvación es fruto del amor más que de los sacrificios. La misma muerte de Cristo debe ser entendida como donación, como fraternidad con la humanidad para recuperarla para Dios: "se ofrecerá a sí mismo en expiación" (1ª. Lectura), "nuestro sumo sacerdote sabe compadecer nuestras enfermedades, habiendo sido probado en cada cosa a semejanza nuestra" (II Lectura), "el Hijo del hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar la propia vida" (Evangelio). Tampoco el discípulo debe ligarse a privilegios o a méritos, no debe apoyar su vida espiritual sobre un balance de buenas obras realizadas sólo como si fueran fruto de su sola voluntad, para poder obtener a cambio la vida eterna, sino que debe donarse a sí mismo en la fraternidad y en el amor cuyas leyes no dependen de la economía sino que están ligadas a las "razones del corazón".

2. El código de la autoridad y de la responsabilidad cristiana es completamente contrario al código de índole política basado sobre el domino, sobre el primado y con frecuencia sobre el usufructo. Cada responsabilidad en los diversos grados de la Iglesia debe estar revestida del carácter del servicio, de la humildad, de la alegría por el crecimiento de los demás y por el bien del prójimo. Jesús, "primogénito de muchos hermanos" (Rom 8, 29), se hace obediente hasta la muerte (Fil. 2, 8) pero su muerte es signo del amor supremo de Dios (Jn 3, 16). No se salva tanto por medio del dolor sino más bien por medio del amor que empapa el dolor. El cáliz y el bautismo de Cristo (Evangelio) se nos presentan como posibles para todos: "bebamos incluso nosotros aquel cáliz y recibamos también nosotros aquel bautismo haciéndonos siervos todos y sólo así seremos los primeros en el Reino" (S. Agustín).

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