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DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Jeremías
31, 7-9
Hebreos 5, 1-6
Marcos 10, 46-52
La
curación del ciego Bartimeo se agrupa con la larga
lista de milagros realizados por Jesús a personas invidentes.
El tema teológico que subyace en el gesto físico
de Jesús se conecta con la tradición mesiánica
veterotestamentaria. Israel tiene "los ojos cerrados",
incapaces de ver los signos de los tiempos y tampoco la acción
de Dios en la historia (Is 6, 9-10; 29, 9-12). Pero al aparecer
el Siervo del Señor que es la figura mesiánica
misteriosa, entonces es cuando brilla "la luz para las
naciones y se abren los ojos a los cielos" (Is 42, 6-7).
Jesús mismo para definir su misión, en el discurso
programático que tuvo lugar en la sinagoga de su ciudad
Nazareth, apela a un texto de Isaías (Is 61, 1-2):
"El Espíritu del Señor está sobre
mí; para esto me ha consagrado con la unción,
y me ha enviado para anunciar a los pobres un mensaje de gozo,
para proclamar a los prisioneros la liberación, y a
los ciegos la vista" (Lc 4, 18).
En
esta perspectiva se colocan también los versículos
de Jer 31,7-9 (primera lectura). Por otra parte los capítulos
30-31 del famoso profeta de Israel constituyen un "pequeño
libro de la consolación", paralelo al del Segundo
Isaías más amplio y posterior (Is 40-55). El
tema fundamental del anuncio de Jeremías es la esperanza,
que al principio sostenía que los destinatarios deberían
ser los Israelitas del norte, caídos en esclavitud
desde el 721 a. C. Posteriormente esta pequeña obra
fue dedicada a Judá, destruido y en exilio después
de la caída de Jerusalén bajo los Babilonios
en el año 586 a.C. El "resto de Israel" que
el Señor quiere liberar presenta sólo miseria,
dolor y debilidad: entre ellos están "el ciego,
el cojo, la parturienta" (v.8). Pero precisamente con
ellos el Señor forma su familia. De hecho la imagen
paterna del v.9 refiere el parentesco que liga a la humanidad
con Dios (Os 11, 1) y que por otra parte es la base de la
tarea salvífica de Dios en relación de su "primogénito"
(Ex 4, 22).
Podemos,
por lo tanto, comprender que bajo la superficie exterior "física",
de la curación de Bartimeo, se esconde un signo más
profundo y más mesiánico. Hay que notar, antes
que todo, la esperanza mesiánica que subraya la invocación
que se repite dos veces: "¡Hijo de David!"
(vv.47-48). La ceguera interior está próxima
a desaparecer. Es más, Jesús mismo es quien
declara la fe que tenía este pobre que fue abandonado
a la orilla de la calle y quedó marginado por la multitud
("muchos lo reprendían para que se callara"
v.48): "Tu fe te ha salvado". Es muy significativa
la reacción del hombre que fue favorecido con el milagro
por medio de la acción y de la palabra de Jesús:
"se puso a seguirlo por la calle" (v.52). Y el seguimiento
que hace el discípulo es un tema que tiene una resonancia
continua en esta segunda parte del evangelio de San Marcos,
el itinerario de Jesús hacia su destino de muerte y
de gloria. De este modo, la historia de un milagro se convierte
en la historia de una vocación a la fe y al discipulado.
En
la segunda carta continua el análisis antológico
de la carta a los Hebreos. En el fondo de la perícopa
encontramos un tema central en el pensamiento del Autor, el
sacerdocio de Cristo. El tema en esta ocasión se puede
observar desde el punto de vista sacrificial y expiatorio
y además se desarrolla en la celebración de
la cercanía de Cristo sumo sacerdote, con la humanidad
que él liberará del pecado.
El
acento se pone principalmente sobre la humanidad del sacerdote
Cristo. El comprende y com-padece nuestras miserias porque
Él mismo las vivió. "Tenemos un sumo sacerdote
que sabe compadecerse de nuestras enfermedades, habiendo sido
él mismo probado en toda clase de cosas, a semejanza
nuestra, menos en el pecado" (Heb 4,15). Tomando como
punto de partida la cercanía "sacerdotal"
de Jesús con la humanidad, podemos encontrar un nexo
real con las otras dos lecturas. Recordando los dos textos
clásicos sobre el mesianismo, el Sal 2 y el 110, el
Autor presenta la función sacerdotal de Cristo resucitado
como instrumento de liberación para la miseria y la
debilidad de la humanidad. Las palabras de la misma carta
a los Hebreos son quizá el comentario ideal para este
retrato de Cristo Sacerdote. "Él debía
hacerse en todo semejante a los hermanos, para llegar a ser
un sumo sacerdote misericordioso y fiel en las cosas de Dios,
con la finalidad de expiar los pecados del pueblo. De hecho,
por haber sido puesto a prueba y haber sufrido personalmente,
está en grado de venir en ayuda de quienes sufren la
prueba" (Heb 2, 17-18).
SUGERENCIAS PASTORALES
1.
El sacerdote Jesús es mediador perfecto entre la
humanidad frágil y la grandeza de Dios precisamente
porque es hombre y a la vez es Hijo de Dios (2ª. lectura).
La figura de Cristo sacerdote debe dominar toda nuestra
meditación cuando pensamos sobre el sacerdocio ministerial
y sobre el sacerdocio común de los fieles que son
participación y manifestación externa del
único sacerdocio liberador perfecto, el sacerdocio
de Cristo.
2.
La mediación de Cristo se convierte en raíz
de la liberación de nuestra ceguera, una enfermedad
simbólica más que real, porque expresa la
ausencia de la luz. La curación de la ceguera se
convierte en signo de la salvación física
y también de la salvación interior: "Vete,
tu fe te ha salvado". La comunidad del pueblo mesiánico
no está compuesta de hombres fuertes, poderosos,
autosuficientes, sino de hombres pobres, ciegos, cojos y
de mujeres encinta (1ª. lectura). Y es a estos que
se dirige el rostro paterno y salvador de Dios: "Yo
soy un padre para Israel" (Jer 31, 9): "Ánimo,
te llama" (Mc 10, 49). A estos se dirige el amor de
Dios y de esos nace una nueva humanidad redimida. Aunque
esta frase de Marx es reductiva, sin embargo es muy sorprendente:
"La religión es el suspiro del alma en un mundo
sin alma".
3.
El pueblo mesiánico sigue a su Pastor, el ciego curado
sigue por las calles a Jesús (en la primera lectura
se encuentran muchos verbos de "guía",
como son: reconducir, juntar, regresar, reportar, conducir,
el camino recto en el que no se tropieza) (Mc 10, 52). El
encuentro con Dios es una vocación que hace iniciar
un camino con Él. Quien permanece ocioso a la orilla
de la calle, es que no ha querido invocar al Señor
Jesús y por lo tanto no lo ha encontrado. Basta saber
escuchar con disponibilidad, aun en los momentos oscuros,
("muchos le gritaban para que se callara"), y
al final resonará aquella voz: ¡Levántate!
¡Te llama! Y con los ojos purificados y límpidos
lo seguiremos por siempre.
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Aviso
legal.
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