Ciclo B

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

Deuteronomio 6, 2-6
Hebreos 7, 23-28
Marcos 12, 28b-34

El exordio y la conclusión del ministerio público de Jesús anunciado en la estructura del evangelio que elaboró la comunidad cristiana primitiva, estaban fuertemente marcados por un impacto violento y polémico contra el ambiente religioso contemporáneo que lo rodeó. Al principio, Mc 2-3 abre la predicación de Jesús en galilea con cinco controversias. Una vez que hubo llegado a Jerusalén para la última y definitiva estación de su vida terrena, San Marcos ubica a Jesús en el centro de un enfrentamiento y de un debate con los fariseos que eran los teólogos y representantes jerárquicos del Judaísmo oficial.

Es propiamente en este contexto en el que está inserta nuestra perícopa evangélica de hoy, que por otra parte resulta muy reveladora de la originalidad absoluta del mensaje cristiano. En la pregunta que hace el escriba hay que suponer el deseo innato de clasificación y de precisión características del jurista y del rabino. La gente de su profesión había extraído y catalogado en la Biblia 613 preceptos sobre los que la jerarquía discutía pedante y maníacamente en las distintas escuelas rabínicas. A primera vista, la respuesta de Jesús parecía acercarse a esta posición enunciando dos preceptos primarios para su supuesta "escuela", así como el Salmo 15 enunciaba diez, Isaías 33, 15 seis, Miqueas 6, 8 tres y Amos 5, 4 dos. Pero en realidad, la actitud de Jesús es totalmente diversa: Él no quiere presentar una norma compuesta de dos preceptos primarios con relación a los otros, sino más bien ofrecer una perspectiva de fondo con la cual se podía vivir la ley entera. Él no quiere ofrecer esquemas de escalas de valores, sino llevar al hombre a la raíz y a la esencia de toda experiencia religiosa y ética. No quiere imponer un código con el cual el hombre quedaría tranquilo y muy seguro de su salvación después de haberlo cumplido, sino que ofrece una postura radical bajo la cual se debe vivir cada gesto, cada compromiso y cada respuesta ya fuera religiosa o humana. Jesús pone el acento en el ámbito formal de la existencia cristiana más que en el objeto material, pues sólo así sería posible encarnarla y vivirla.

Esta esencia del estilo cristiano de vida se obtiene sumando dos textos del Antiguo Testamento. En el primero encontramos una dimensión vertical que está tomada del célebre texto del Deuteronomio que es el Shemá (Dt 6) y que constituye la primera lectura de hoy y que también es la oración más querida por la piedad hebrea incluso hasta nuestros días. Shemá significa "¡Escucha!" en el sentido bíblico de gozosa adhesión, de obediencia filial, de escucha entusiasta a las propuestas principales de Dios, o sea la fe y el amor que debemos a Él y a su realidad única: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6, 5; cf. Mc 12, 30). La segunda propuesta, dirigida al prójimo, está tomada del libro del Levítico (19, 18): "Amarás al prójimo como a ti mismo" (v. 31). Para Cristo la dimensión vertical (Dios) y la horizontal (prójimo) son imprescindibles, se entrecruzan y se vivifican recíprocamente y constituyen el "ser" cristiano total y genuino. En efecto exigen una actuación que conmueva el corazón o sea la conciencia, el alma (ser vital), el pensamiento y la acción del hombre, en otras palabras, el "ti mismo" total que reclama el paralelismo "con todo el corazón, el alma y la mente".

Esta perspectiva de totalidad y radicalidad quedaba reforzada por la confirmación del escriba que pregunta y en la cual se puede ver el emblema de la Iglesia y del creyente de San Marcos que, repitiendo los dos preceptos propuestos por Jesús, introduce el tema de la superioridad del amor sobre los "holocaustos" y "sacrificios" (v. 33). El agregado, típico de la teología profética (Am 5, 21; Os 6, 6; 1 Sam 15, 22 etc.), no quiere establecer una graduación entre religión interior y culto exterior, sino invitar a la unidad profunda entre fe y vida, entre culto y existencia. Se trata de un retorno a las raíces de la auténtica religiosidad. El amor no es, por tanto, una simplificación de la multiplicidad de los compromisos y de los mandamientos, sino que por el contrario es la clave de regreso a toda la ley. Es la piedra angular de todo el edificio humano y cristiano, en el que se recapitula y se sostiene todo el quehacer espiritual del hombre. En el amor adquieren sentido los múltiples momentos de la existencia, gozo y valor. Cesan de ser obligatorios o deberes extrínsecos y se convierten en expresiones de una elección global interior.

Esta unidad radical está también en las raíces del sacerdocio de Cristo, fuente de la salvación y de la liberación. Es el tema del párrafo que nos ofrece la lectura continua de hoy, como una parte de la homilía recogida en la Carta a los Hebreos (segunda lectura). Cristo es la síntesis y la perfección de varios sacerdocios: a su temporalidad y contingencia, Él opone su eternidad (7, 23-25); a su debilidad humana, él opone su santidad total (v. 26); a su repetibilidad e insuficiencia, Él opone su totalidad y unicidad (la famosa expresión eph' hapax, "de una vez para siempre" del v. 27). Por esto Cristo es la raíz insustituible y única de nuestra salvación y de la historia definitiva en la cual estamos inmersos: "una sola vez, en la plenitud de los tiempos, se apareció para anular el pecado mediante el sacrificio de sí mismo" (9, 26). "El amor de Cristo sacerdote genera la nueva humanidad con su nuevo amor y su nueva existencia" (Cerfaux).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El alma del Cristianismo no está en la ley ni tampoco en el culto en sí (Mc 12, 33), sino en el amor: "les daré un corazón nuevo, pondré en ustedes un espíritu nuevo, les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne" (Ez 36, 26).

2. El amor tiene primero que nada una dimensión vertical: "Amarás al Señor tu Dios". Un amor que involucra corazón, mente, alma, fuerzas, o sea la vida y el ser entero y no una parte de él.

3. El amor tiene también una dimensión horizontal: "Amarás al prójimo". Un amor que es igual al otro, así completo, espontáneo e instintivo, que el hombre pone a prueba en sus propias confrontaciones ("como a ti mismo").

4. El amor tiene también una fuente, al donación sacrificial de Cristo: "Él se ha ofrecido a sí mismo" (II Lectura). Un amor que es raíz de nuestro amor y que se convierte en la medida ideal de nuestro amor: "Ámense los unos a los otros como yo los he amado".

5. El amor tiene también una meta: debe irradiarse en la vida, en la Iglesia, en el mundo y sobre todo debe emanar de la Eucaristía y hacia ella volver a llegar. "Si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja ahí tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano y después regresa a ofrecer tus dones" (Mt 5, 23-24).

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