| XXXII
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
1
Reyes 17, 10-16
Hebreos 9, 24-28
Marcos 12, 38-44
En
la primera lectura de este domingo aparece excepcionalmente
un pasaje histórico del Antiguo Testamento. Es una
lectura obligada, por el paralelo con la tercera lectura sobre
la viuda en el Templo. Los libros de los Reyes son una obra
histórica compuesta en la época del exilio babilónico
pero construidos sobre material arcaico. Por lo poco que sabemos
del lugar y del origen del autor, una cosa es cierta, la situación
espiritual de la cual nacen corresponde a una época
tardía. El autor se encontraba frente a un vastísimo
material de recuerdos, pero tenía todavía más
el recuerdo de determinadas experiencias históricas
acumuladas por el tiempo y el recuerdo de la autoridad de
ciertas concesiones o tradiciones teológicas a las
que lo vinculaban la época y el ambiente.
Este
episodio se encuadra en un contexto más amplio, el
de la historia del profeta Elías (los capítulos
17-18 se vuelven a considerar en el capítulo 21 del
primer libro de los Reyes y se concluyen en los capítulos
1-2 del segundo libro). Elías es el modelo del profeta.
Su fe está incluida en su mismo nombre que se traduce,
"solamente Yahvé es Dios". Su símbolo
es el fuego "porque su palabra quemaba como antorcha"
(Sir 48, 1), convirtiéndose en el "devorado por
el celo del Señor". Estos capítulos que
constituyen el ciclo de Elías, describen la lucha dramática
sostenida por el profeta contra el paganismo cananeo, el culto
de Baal que envenenaba la genuina religiosidad del pueblo
hebreo. Y en esta situación compleja y atormentada
adquiere sin duda ninguna, un gran relieve la figura humilde
de la viuda junto a la del profeta asilado, empeñado
en la lucha contra el rey Ajab y contra todo el pueblo. El
episodio está encuadrado con anotaciones temporales
y espaciales. Eran en efecto los "días" tremendos
de la carestía y, probablemente con otra gente hambrienta,
Elías estaba encerrado en la más fértil
Fenicia. Había sido enviado por órdenes precisas
de Dios a Sarepta ciudad cercana a Tiro.
Este
hecho es singular y por demás importante para la historia
del profetismo, porque entre los profetas, Elías es
el único en haber desarrollado parte de su actividad
fuera de Israel. La narración hace un juego de contrastes,
entre los que destaca por su vivacidad la situación
del profeta perseguido por el poderoso rey israelita y salvado
de la muerte por la generosidad simple y fiel de una pobre
viuda pagana. No todo aquello que hace ruido en la historia
es decisivo. Pero la palabra de Dios pronunciada en la vida
y en la historia es definitiva en la vida y en la muerte.
El profeta y la viuda fenicia son dos criaturas que viven
en la fe simple la tragedia de su tiempo.
También
el pasaje del evangelio se encuentra colocado en un contexto
preciso en paralelo con la primera lectura. Nos encontramos
en la plenitud de la misión de Jesús en Jerusalén
(Mc 11-13). En este pasaje predominan algunos temas y en primer
lugar el del "juicio". Jesús sentado bajo
el atrio del templo, de frente a las columnas del tesoro es,
en apariencia, un ciudadano cualquiera, pero en realidad su
actitud es la del juez y de un juez escatológico. Su
juicio es, en efecto definitivo. Se trata de un juicio que
salva o excluye de la salvación. Jesús acusa
a los escribas de incoherencia con sus enseñanzas,
de vanidad, de maldad. La enseñanza rabínica
debía ser gratuita, pero con frecuencia llegaban donativos
más o menos sustanciosos. No era difícil que
algunos consejos salieran bien, aunque fuera en desventaja
de las personas más pobres y menos socorridas ("niegan
la justicia a los pobres
y hacen de las viudas su presa
",
Is 10, 2). Y he aquí que el evangelista nos introduce
de repente en el episodio de la viuda. Jesús pone a
la luz un pensamiento original propio del mundo rabínico.
Los rabinos, en efecto comentaban que uno de ellos, por haber
rechazado una ofrenda de harina de una viuda, había
escuchado de parte de Dios, en una aparición: "¿Por
qué la has despreciado? ¡Con esa ofrenda de harina
ella se ha ofrecido a sí misma!".
El
hecho de que el pasaje evangélico sea histórico
o sea una parábola dicha por Jesús y enmarcada
así por el redactor, tiene en realidad poca importancia.
Por el contrario es muy Importante el mensaje que de aquí
se deriva para la Iglesia. (En efecto en el primer atrio grande
del templo, conocido como el "cortil de las mujeres",
existían trece baúles con apertura suficiente
para recoger diversos tipos de impuestos debidos al santuario).
Primero
una advertencia contra las tentaciones farisaicas. La humildad
generosa de la viuda se convierte en símbolo de la
verdadera figura cristiana. Hay una estigmatización
radical de todos los hipócritas tipificados, por ejemplo,
los que se pasean con vestimentas largas, o sea, de rigurosa
observancia (v. 38). El problema ciertamente no es el de las
vestiduras largas o cortas, sino que el problema es más
profundo y consiste en los signos de distinción, en
el complacerse, como dice San Marcos, en pasear vestidos de
un modo diverso, como que si al ser distintos por sus diversas
funciones fueran por eso más importantes. En la "Carta
a Diogneto" se dice que los cristianos se visten y viven
como los demás, es su ser, revestido de Cristo, que
los hace alma del mundo. Jesús viste como los demás,
frecuenta a los pecadores, cuando camina por las plazas para
anunciar el Reino de Dios con su palabra y con su modo de
vivir. No ocupa los primeros puestos en las sinagogas, ni
en los banquetes de los jefes ni de las autoridades, sino
todo lo contrario, los cuestiona y va y se sienta con los
publicanos, con los oprimidos, con los débiles y con
los que no cuentan en la sociedad de Israel. Y el episodio
de la viuda, que es un símbolo bíblico del pobre
junto con el huérfano y el oprimido, nos muestra todavía
una vez más, cómo Dios ve la profundidad del
ser y agradece el pequeño óbolo dado con fe
más que las grandes ofrendas y la exterioridad. Los
Padres, en este caso, son muy explícitos, desde San
Basilio a San Juan Crisóstomo, hasta San Ambrosio:
"Si tú, rico, haces la ofrenda, no das de lo que
es tuyo, sino de lo que has robado antes". La viuda es,
por eso, un modelo para la comunidad cristiana: ha dado todo,
no lo que le sobraba, "todo lo que tenía para
vivir", porque su fe es la fe de alguien que se abandona
a la misericordia de Dios.
El
evangelio se relaciona con la segunda lectura por el tema
del sacrificio inminente de Jesús. Al respecto se notan
las palabras finales de la viuda: "ha dado
todo
lo que tenía para vivir", que literalmente en
griego se traduce como "toda su vida", propiamente
como Jesús que se encamina hacia la muerte con lucidez
y fe en Dios. La parte central de la Carta a los Hebreos (cc.
5-10) trata del tema de Jesús, sumo sacerdote. La institución
del sacerdocio en el Antiguo Testamento no ha permanecido
siempre idéntica en el curso de toda la historia del
pueblo de Dios. En efecto hubo un periodo en el que los sacerdotes
también concentraron en ellos mismos funciones de maestros,
de jueces, de conductores, más allá del ejercicio
del culto. No podemos dejar de ver, sin embargo, que el sacerdocio
veterotestamentario estaba fundamentalmente ligado al culto
y a los sacrificios. El autor de la carta a los Hebreos estudia
la figura de Jesús sacerdote desde el punto de vista
sacrificial. Los sacrificios en el templo propiciaban los
favores de Dios hacia el pueblo. Existía, en efecto,
un paralelismo singular entre el santuario del templo (el
"Santo de los Santos") y el cielo, que es el tabernáculo
de la habitación divina, en el que Cristo entró
una sola vez para conducir a los hombres redimidos a Dios.
El paralelo puede desarrollarse todavía más:
el sumo sacerdote entra en el santuario una vez al año
derramando la sangre de las víctimas inmoladas y Jesús
entra en el tabernáculo celestial derramando su propia
sangre, dando así origen a la salvación del
mundo.
Jesús,
que ciertamente no fue sacerdote en sentido levítico,
es ahora definido como el auténtico "sumo sacerdote"
que "completa" el sacerdocio antiguo porque no ofrece
ya sacrificios, sino que se ofrece a sí mismo (Heb
7, 27). Con su sangre derramada por muchos se abre para la
comunidad la posibilidad real de acceso al santuario celestial,
o sea, a la comunión verdadera y definitiva con Dios
(Heb 9, 10). El verdadero sacerdocio cristiano implica una
vida de fe, de compromiso y, sobre todo, de caridad (Rom 12,
1), una vida que se ha consumido por los demás, como
ha sido la de Cristo. La totalidad del donativo de la viuda
hebrea sencilla y anónima y de la de Cristo sacerdote
que "se ofrece a sí mismo", se convierten
en el modelo del sacerdocio para todos los fieles (1 Pe 2,
9).
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
"No existen criaturas insignificantes
a los ojos de Dios" escribía Dostoevskij. Es
más, la viuda olvidada de Sarepta y la ignorada por
todos en el Templo, son objeto de la premura y del interés
de Dios, más que por los personajes señalados
en los anales de la historia y en los epígrafes de
las placas conmemorativas. La historia de la salvación
pasa a través de un pueblo débil, humillado
y olvidado: el que no es nada confunde al que es poderoso
y noble, recuerda San Pablo a los cristianos de Corinto.
2.
El Misal de la Asamblea Cristiana intitulaba la liturgia
de hoy en esta forma: "Dar aquello que se es, más
que aquello que se tiene". El amor no se mide por la
cantidad económica sino por la calidad interior.
El último puñado de harina y las dos moneditas,
si son dados con amor, son más preciosos que cualquier
bien de la tierra. La unidad de medida de la dignidad en
la Iglesia no debe basarse sobre parámetros de censo,
de prestigio o de poder sino solamente sobre la donación
de uno mismo. Los escribas, los funcionarios, los observadores
hipócritas de la religión, aquellos que abusan
del nombre cristiano para cubrir sus corrupciones e injusticias,
aunque tengan los primeros puestos en la iglesia y en las
asambleas y hasta en la historia, no le interesan a Cristo.
Es más, "recibirán una condena más
grave" (Evangelio).
3.
La Iglesia que nace de un acto infinito de amor, el sacrificio
de Cristo (II Lectura), debe adoptar la misma actitud de
Dios en su comportamiento y en sus preferencias. Que se
vuelva a leer la bellísima estrofa del Salmo 146
(145) usada como salmo responsorial. Es el retrato más
fiel de Dios, es el diseño de sus elecciones y debería
transformarse en retrato del creyente y de todas sus opciones.
<arriba>
Aviso
legal.
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