| XXXIII
DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
LECTURAS:
Daniel
12, 1-3
Hebreos 10, 11-14.18
Marcos 13, 24-32
El
libro de Daniel toma su nombre no por el nombre de su autor,
sino por el de su protagonista, que se presenta viviendo en
Babilonia durante el reinado de los últimos reyes del
imperio neo-babilónico (Sig. IV a.C.). En realidad
este libro se compuso durante la revolución de los
Macabeos (II sig. A.C.). Él había recibido una
formación de tipo "profesional" (Dan. 1,
3ss.) y como tal, había realizado algunos trabajos
en la cohorte (Dan. 2,48). La primera parte del libro (cc.
1-6) contiene seis historias edificantes sobre Daniel y sus
tres compañeros en la cohorte de Babilonia. Estas narraciones
ponen en el escenario a algunos representantes del pueblo
de Dios que se encontraba disperso pero tranquilo, lo cual
confirma la posibilidad de una cierta asociación con
el mundo pagano.
La
segunda parte (cc. 7-12) por el contrario, está compuesta
de cuatro visiones oníricas en las cuales Daniel ve,
a través de imágenes simbólicas, la sucesión
de los cuatro "reinos" extranjeros bajo los cuales
vivió Israel. La perícopa que nos presenta hoy
la liturgia se coloca en el cuadro más amplio del último
Apocalipsis de Daniel (10, 1-12, 13) que por otra parte es
el más largo y el más elaborado de todos. Después
de una larga introducción, un ángel le ofrece
a Daniel la narración de la historia del imperio persa
y de Alejandro Magno, y un alto perfil de la dinastía
seléucida, que fue la dinastía que en ese tiempo
perseguía y oprimía a Israel. El cuadro se cierra
con nuestro texto que ve el futuro escatológico. Los
elegidos de Dios, cuyo nombre "se encuentra escrito en
el libro de la vida" (Ez. 32, 32-33) se salvarán,
no obstante los sufrimientos que acompañarán
la crisis escatológica. El mundo divino (Miguel) irrumpe
en la historia para conseguir realizar su proyecto. Nos encontramos
en medio de la lucha que continuamente se traba entre las
fuerzas que obstruyen el proyecto de Dios y el Señor
que libra a su pueblo de todas las amenazas. El versículo
2, introduce el tema de la resurrección de los muertos.
Se trata del anuncio más antiguo de la resurrección
de los muertos en el Antiguo Testamento, de donde quizá
podamos excluir a Isaías 26,19. Los que obtendrán
seguramente la vida, son principalmente los mártires
que han preferido la muerte antes que perder el reino de los
cielos.
También
resucitarán los adversarios, pero lo harán para
ser condenados; mientras que los que han dado la vida por
el reino resplandecerán "como el esplendor del
firmamento". Aunque en otros textos de la Biblia de habla
de un mundo nuevo que Dios dará a su pueblo, un mundo
maravilloso iluminado por el mismo Dios (Is. 60, 1-20): solamente
en este sentido los cuerpos de los que se han de salvar resplandecerán
"como las realidades celestes" (Sab. 3,7). La profecía
de Daniel está formulada en el contexto de la apocalíptica
judía y proyecta los límites y los errores de
perspectiva. Y el Nuevo Testamento, cuando habla de "cumplir"
la profecía, señalará también
la superación de estos límites.
El
texto de San Marcos (Evangelio), que se suele llamar "discurso
de la parusía" o "apocalipsis sinóptico",
forma parte de los pasos más complejos del Nuevo Testamento.
Pero no obstante su oscuridad, la intención fundamental
que parece transpirar el texto es la de tranquilizar a una
comunidad perturbada y asustada.
El
motivo de tal perturbación lo producía el hecho
de que algunos profetas levantaban su voz precisamente después
de los eventos acontecidos en Judea en los años 70
(la opresión de los romanos y en seguida la destrucción
del templo y la persecución de la comunidad cristiana).
Estos, apegándose a las palabras de Jesús, anunciaban
el inminente fin del mundo. "Dinos cuando sucederá
eso, y cual será la señal de que todas estas
cosas están por cumplirse" (Mc. 13,4). Esta pregunta
de los discípulos es la clave para comprender todo
el discurso, porque resume toda la problemática. El
tema más importante, no es por lo tanto el fin del
mundo, sino la venida del Hijo del Hombre. Sin embargo Jesús
no quiere ligar la destrucción del templo, las persecuciones
y las tribulaciones con el tema de la venida del Hijo del
Hombre. En efecto, la parusía no acontecerá
en esos días, sino después de esos días.
Las metáforas no simbolizan acontecimientos histórico-cósmicos,
sino los acontecimientos histórico-teológicos
del juicio de Dios. Bajo esta óptica debe verse la
venida del Hijo del Hombre que se presenta para juzgar a los
hombres. Del plano apocalíptico nos transferimos al
plano teológico. El juicio del Hijo del Hombre para
todos los que lo han elegido y han elegido su Reino de salvación,
significa la instauración de un nuevo orden de relaciones.
Se entiende claramente que entre estos elegidos está
comprendida la comunidad cristiana. Más, ¿qué
deben hacer los cristianos hasta que llegue la segunda venida
de Cristo? Permanecer alertas y vigilar. La parábola
de la higuera es precisamente una invitación a vigilar
y a leer los signos de los tiempos. La comparación
es muy feliz: cuando la higuera echa sus hojas no podemos
decir que el verano ha comenzado, sino solamente que está
ya cercano. Y precisamente esta palabra "ya está
cercano", es la clave de interpretación para entender
esta parábola. Y contra los falsos profetas que hubieran
querido el fin del mundo inmediatamente, Jesús afirma
que estos signos preanuncian sólo la cercanía
del final, que sin embargo siempre permanece cercana a estas
generaciones, es decir a las generaciones de lectores de todos
los tiempos y de todas las regiones. La tarea primaria es
vigilar, y la vigilancia es un tema que recorre todo el N.T.
(por ejemplo Mt. 25). Esperar a Jesús como Dios y como
Mesías glorioso, esperarlo como Siervo sufriente se
convierte en el llamado continuo de Jesús. No existe
ningún texto escatológico que no concluya con
palabras operativas e imperativas para los creyentes: ¡Vigilad
¡.
Entre
los cristianos y el mundo la diferencia no consiste en obras
de mayor perfección o de mayor calidad moral o ética
o, sino que precisamente consiste en el hecho de que nosotros
esperamos al Señor. El cristiano es un hombre que espera.
Y esta cercanía del Señor exige una correspondiente
actitud de parte de los creyentes. Precisamente en (Mc. 1,15)
el mensaje de la llegada inminente del reino de Dios está
ligado con la exhortación a convertirse y a creer.
Ciertamente, el mismo lenguaje del evangelio y de la primera
lectura nos podrían dejar perplejos, pero nuestra fe
no puede quedarse atada a semejantes descripciones que se
pueden fechar culturalmente; esta fe está iluminada
por una afirmación de fondo: la palabra definitiva
y decisiva sobre la historia será pronunciada por Dios.
El nuevo mundo, no será construido sobre las cenizas
de éste, sino a través de una acción
divina que llevará este mundo nuestro a su cumplimiento.
Sin
tener ninguna conexión explícita con la primera
y la tercera lecturas, la segunda, se debe colocar en la lectio
continua de la carta a los Hebreos que se inició el
domingo XXVII.
Como
ya se ha visto la parte central de esta carta (cc. 5-10) trata
el tema de Jesús sumo sacerdote, (y es un caso único
en todo el N.T.). El autor confronta el sacerdocio judío
que se practicaba en el templo de Jerusalén, con el
de Cristo, que ya se está practicando en el cielo,
poniendo en contraste las grandes diferencias. En estos pocos
versículos se enriquecen alguna temática importante
y significativa de la teología neotestamentaria. Principalmente
la superación de las antiguas estructuras sacrificiales
comparadas con sacrificio de Cristo que aquí se expresa
plásticamente en el contraste entre impotencia y fuerza,
pecado y perdón, pena y salvación. En efecto,
la idea del cumplimiento constituye la parte central de la
carta y de nuestra perícopa. Cristo que es el centro
de la historia de la salvación, constituye el ápice
de la historia milenaria de Dios con los hombres.
La
tensión de las dos lecturas precedentes queda sustituida
con la certeza de que "el futuro ha comenzado ya".
La esperanza de un nuevo mundo y de una nueva humanidad están
ya presentes como en germen: "Cristo ha ofrecido un solo
sacrificio por los pecados de una vez para siempre (Heb. 10,12.
Con este propósito es conveniente ver las obras de
O. Cullmann Cristo y el tiempo y Cristología del N.T.
ambas editadas por Mulino, de Bolonia).
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El clima del evangelio y de la predicación profética,
con frecuencia está empapado de tensión. No
se trata ciertamente de la tensión apocalíptica
de ciertas sectas contemporáneas, sino que se trata
de un llamado a una decisión vital urgente. Con frecuencia
Jesús repetía "¿Porqué
no comprenden esta hora?". El primer llamado de la
liturgia de hoy es un llamado de atención, es un
llamado a la vigilancia y a la decisión. Inercia
e indiferencia son incompatibles con el cristianismo que
es el mensaje de la "venida" de Cristo. "He
aquí que yo estoy a la puerta y toco. Si alguno escucha
mi voz y abre la puerta, yo lo visitaré, y cenaré
con él y él conmigo". (Apoc. 3,20).
2.
No obstante la tensión, el mensaje del evangelio
no es frenético y excitado como el de los apocalípticos,
para quienes toda la historia está bajo el signo
del maligno y todo compromiso en el presente es inútil,
y además dañino. El cristianismo no es una
religión-opio o una evasión hacia el futuro
de un sueño que busca quemar toda la realidad humana
en una gran conflagración. Jesús dice explícitamente
que a él no le interesa conocer "el día
y la hora" del "final" de esta realidad creada.
El presente por el contrario, es la semilla de la que debe
nacer el árbol maravilloso del Reino. Comprometerse
con el hoy, significa construir el futuro.
3.
Y el futuro no es una carrera dramática hacia el
abismo de la nada, sino que es el horizonte de la luz y
de la esperanza. "Resplandecerán como el esplendor
del firmamento, como las estrellas para siempre" (I
lectura). Es comunión con Dios que es luz. Teniendo
frente a los ojos esta meta, el camino del hombre en la
historia adquiere sentido y esperanza.
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Aviso
legal.
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