Ciclo B

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY DEL UNIVERSO

LECTURAS:

Daniel 7, 13-14
Apocalipsis 1, 5-8
Juan 18, 33b-37

La realeza de Cristo se interpreta basándose en la realeza del Hijo del Hombre de Daniel (Dan.7). La primera lectura tiene por lo tanto, una notable importancia porque da la clave de interpretación de esta fiesta litúrgica. Este breve texto constituye el corazón del libro de Daniel. El capítulo séptimo marca el inicio de la segunda parte de la obra que contiene las visiones apocalípticas de Daniel, por cierto la más oscura y problemática. Después de la aparición de cuatro bestias monstruosas salidas del mar, que eran como las representantes de las 4 potencias políticas extranjeras que desde el tiempo de Nabucodonosor afligían al pueblo elegido, el profeta asiste asombrado a una grandiosa escena en el cielo. Dios, sentado solemnemente, sostiene un juicio contra la cuarta bestia, la más insolente (Antíoco IV Epifanes, 175-164 a.C.). El reino de Antíoco estaba imponiendo a los hebreos la cultura helenística en su globalidad. El poder político tenía tanta fuerza, que era capaz de invadir y dominar el campo religioso, tanto así que los hebreos que permanecieron fieles a la religión de sus padres, fueron duramente perseguidos.

En apariencia esta lucha era de orden político, pero en realidad se trataba de una lucha religiosa. En los imperios que oprimen al pueblo de Dios, se esconde una potencia sobrehumana que combate contra el Dios de la Alianza. En la historia se desarrolla una batalla entre Dios y sus adversarios, por lo que la interpretación de la historia debe ser necesariamente teológica. Y este análisis revela principalmente que los imperios se suceden y ninguno ha podido gozar de una estabilidad duradera. Además el constatar la debilidad de cada uno de los imperios, no basta para mantener la esperanza de una liberación del pueblo, porque aunque cada uno de los imperios estaba destinado a morir, sin embargo el ciclo parecía tener una duración perenne. Para que esta serie continua pudiera destrozarse, era necesaria una intervención de Dios, lo que equivale a decir que es necesario que el reino de Dios fuera el sustituto de toda la serie de imperios humanos. Esta es precisamente la promesa que brota de las visiones de Daniel. En efecto el monstruo cruel y temeroso del poder muere, es aniquilado y su cuerpo es lanzado en el fuego.

Después de este sueño, se le aparece a Daniel una figura celestial el Hijo del Hombre. En sí misma, la expresión indica simplemente un ser humano, tal como aparece en Ezequiel 2-3. Pero el mismo contexto grandioso de Daniel impone una interpretación más profunda. Así como las bestias venidas del mar, así el Hijo del Hombre es una figura simbólica que en la mente del Autor probablemente representa no un individuo solo, sino una colectividad completa de justos que reciben de Dios el poder definitivo.

Sin embargo, el concepto de reino se transforma en el concepto de un rey, tanto en la literatura judía como en la rabínica, de tal forma que la profecía hace referencia directa al Mesías. Esta figura humana se contrapone a las cuatro bestias. Mientas las cuatro monstruos suben del mar que es el símbolo del desorden y del mal, el Hijo del Hombre aparece sobre las nubes. Proviene de la esfera celestial, que es la morada de Dios. La misteriosa figura llega hasta el anciano, es decir hasta la presencia misma de Dios, "el anciano de muchos siglos" y recibe el poder real del Padre celestial. Acto seguido, Daniel nos indica las características de su reino: será un reino universal y eterno porque esta puesto bajo la protección de Dios.

En forma paralela al triunfo apocalíptico de Dan. 7, la liturgia de hoy nos presenta un bellísimo texto del Apocalipsis. Jesús se presenta principalmente como Cristo y Mesías, mientras que los tres títulos siguientes ("testimonio fiel, primogénito de entre los muertos y príncipe de los reyes") ponen su atención sobre el contenido pascual de la fe cristiana. San Juan, para animar a la comunidad cristiana, anuncia la venida gloriosa de Cristo como juez escatológico para realizar el juicio de Dios sobre el mundo. La profecía de Daniel constituía el paso clásico de la Iglesia primitiva para afianzar la propia fe en la parusía y en la victoria final de Cristo. El resto de este contexto ya la había usado Jesús frente al Sanedrín (Mt. 26, 64). Ahora el Apocalipsis la transfiere contemporáneamente en el presente, en el día del juicio, en el cual los Judíos que traicionaron a Jesús y las naciones paganas que persiguieron a sus seguidores se golpearán el pecho llenos de temor. La perícopa se concluye con un oráculo en el cual Dios se declara el Alfa y el Omega, el principio y el fin de todas las cosas. Él se define como el que era y el que vendrá, evocando el nombre revelado a Moisés en el Sinaí, Jahweh (Ex. 3). Dios se manifiesta en Jesús como el omnipotente, el que vence a todos sus enemigos. La dignidad real de Jesús que ha brotado claramente desde la fórmula inicial, ahora se participa a sus seguidores. Él es el primogénito de los muertos, a quien deben seguir una innumerable multitud de hermanos que han sigo marcados con su sangre. Para los semitas la sangre era el símbolo de la vida. Jesús ahora ofrece su vida al Padre, convirtiéndose de esta forma en instrumento de expiación para nuestra redención y reconciliación con el Padre. Así se constituye el reino definitivo y perfecto de Cristo.

En los evangelios sinópticos el tema del reino es central en la predicación de Jesús. San Juan, por el contrario, lo olvida casi totalmente durante la vida pública, pero le da un particular relieve durante la pasión. El proceso frente a Pilato tiene en San Juan un notable desarrollo y la reconstrucción escénica tiene precisamente como finalidad poner a plena luz la realeza de Jesús. Una realeza que se manifiesta plenamente sólo en la tragedia de la pasión, que San Juan concibe como un acceso de Jesús al Padre. Todos los evangelistas registran la pregunta de Pilato "¿Eres tú el rey de los Judíos?". Sin embargo solamente San Juan reporta un diálogo entre Jesús y Pilato, mientras los sinópticos reportan solamente una breve respuesta de Jesús, que a partir de este momento se encierra en un misterioso silencio semejante al del Siervo sufriente. La respuesta de Jesús representa el vértice del diálogo: Él afirma que su reino no es de este mundo, por consiguiente no tiene orígenes terrenales. Su realeza viene de lo alto (primera lectura), es un reino espiritual. Y esto prueba que no necesita una guardia para defenderse. Su reino no es de aquí abajo y exactamente porque carece de un aparato militar, no está afianzado al estilo de las potencias del mundo. Por el contrario la realeza de Jesús se manifiesta por el testimonio que se rinde a favor de la verdad. En el léxico de San Juan, la verdad consiste exactamente en la primera revelación de la bondad del Padre.

La victoria de Dios sobre los poderes terrenos que se oponen a su proyecto de salvación en la historia, se actúa en la contraposición radical y absoluta al amor o apego a toda forma de poder porque, apenas se concibe a Dios en diálogo con el mundo, éste se debe definir como "amor". Y su amor es fiel y en Cristo este amor se realiza en un acto que se cumple en la historia, por lo tanto, de ahora en adelante el poder debe considerarse superado por el advenimiento del amor al mundo. Frente a Pilato que representa el poder, Jesús declara que se muerte es el testimonio que más fuertemente se apega a la verdad. Conforme a los valores hebraicos, donde está la verdad también está la fidelidad y esto perfila el verdadero amor en que consiste la verdad de Dios. La victoria sobre el poder acontece superando toda lógica, negando en su misma raíz su "verdad". En este sentido podemos hablar, como lo hace el Apocalipsis, de reinos que sirven y que se someten, porque están doblan su rodilla a uno que ha sido "traspasado". Cristo es rey en la medida en que no es igual a todo aquello que humanamente se designa con este término. Es rey en cuanto que contrapone el amor al poder. La doctrina del señorío de Jesús sobre todo el mundo se hace incomprensible si no se lee en esta dimensión teológica y escatológica. Un señorío que es donación plena y total, "Obedeciendo al Padre hasta la muerte de cruz" (Fil. 2,8). La Iglesia debe vivir su participación en la soberanía de Cristo bajo esta luz, no "sirviéndose" de la humanidad sino "estando al servicio" de la humanidad (Mc. 10, 41-45: "el código de la autoridad cristiana"). Le corresponde a la Iglesia mantener abierta la herida que Cristo ha hecho al poder prevaricador y al mal, una herida que es mortal.

Hoy, por consiguiente, es la celebración de un nuevo orden de relaciones entre Dios y el hombre: un reino celestial y eterno, ligado a la lógica del amor de Dios (Daniel), un reino de esperanza y de salvación definitiva (Apocalipsis), un reino de verdad y de justicia (San Juan).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. El reino de Cristo no se debe entender conforme a las coordenadas políticas del término. El mismo Jesús frente al poder político de Pilato distingue su reino hecho de verdad y de justicia de todo paralelo mundano. El reino de Cristo es la revelación del amor de Dios y también es la instauración de un nuevo orden de relaciones entre los hombres, es la inauguración de un proyecto diverso cuya realización ha sido confiada por el Padre al Hijo del hombre y al pueblo de los creyentes. La fiesta de Cristo rey se convierte ahora en un llamado a colaborar en la creación de esta nueva humanidad.

2. El cristo que hoy adoramos no es "un Cristo que atemoriza, sino que es el que empuja hacia delante la historia de la salvación y que la sabrá concluir destruyendo toda forma de mal" (U. Vanni). Así es como aparece el rostro triunfador del Cristo del Apocalipsis, el vencedor del mal. La historia que parece una maraña de contradicciones y un juego escandaloso de superpotencias y potencias, se revela dotada de una misteriosa lógica por ahora todavía escondida y no del todo perceptible. Cristo interviene e intervendrá enérgicamente y el creyente está invitado a alinearse del lado de Cristo contra el mal y por la justicia.

3. Mientras caminamos hacia esta Jerusalén cósmica y escatológica perfecta, no debemos olvidar que su gestación tiene lugar a través del sufrimiento y el martirio. Cristo es procesado por el poder (evangelio) y es "traspasado" (Apoc. 1, 7). Como decía un antigua aforisma de Jerusalén y principalmente sobre el reino de Dios, "Dios ha puesto en el mundo diez porciones de belleza y a Jerusalén le han tocado nueve. El Creador ha colocado diez porciones de ciencia y a Jerusalén le han tocado nueve. El Creador ha puesto en el mundo diez porciones de sufrimiento y a Jerusalén le han tocado nueve".

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