Ciclo A

II DOMINGO DE PASCUA

LECTURAS:

Hechos 2, 42- 47 1
Pedro 1, 3-9
Juan 20, 19-31

Gregorio de Niza en su Homilía sobre la Pascua escribía: “Ha aparecido otra generación, otra vida, otra forma de vivir, un cambio de nuestra misma naturaleza. Y ustedes han visto el inicio de este cambio hacia el bien”. La primera lectura de hoy es un retrato vivísimo de esta “nueva generación”, de “otra manera de vivir”, de una ciudad más humana, la Jerusalén de los creyentes en el resucitado. Este modelo ideal, pintado con entusiasmo y con un poco de utopía por los hechos de los apóstoles, capítulo 2 (ver el pecado de egoísmo de Ananías y Safira en el c.5) está estructurado sobre cuatro componentes que constituyen las columnas de este nuevo edificio espiritual (2, 42). La columna fundamental la constituyen las enseñanzas de los apóstoles: “No existe comunidad cristiana sin el conocimiento, y por consiguiente sin la predicación sobre Cristo, desde el momento en que no hay fe sin la predicación (Rom. 10, 14)” (S. Lyonnet). Después sigue el elemento más marcado, afirmado por la perícopa de hoy, la Koinonía, la comunión fraterna experimentada exteriormente en la comunicación de bienes y de la total igualdad socioeconómica. Para construir una comunidad no basta que un cierto número de cristianos se encuentren el domingo para cumplir con un acto litúrgico, sino que es necesario que ellos construyan una comunidad-familia durante toda la semana.

La fracción del pan es el tercer elemento y hace alusión al rito eucarístico, memorial de la pascua de Cristo, al cual se acompaña el banquete del ágape (1 Cor. 10-11) que es una realización visible de la unidad y del amor postulados por la eucaristía. El cuarto elemento está constituido por las plegarias que recuerdan el culto en el templo que contenía los sentimientos y la mentalidad típica del mundo en que vivían los primeros cristianos, y que ahora era experimentado con un espíritu nuevo, “con un solo corazón” (Hch. 5,12).

Esta explicación de la vida comunitaria de los creyentes es particularmente apreciada por el concilio Vaticano II que lo ha citado por lo menos cinco veces, sigue otro documento de la iglesia primitiva en la segunda lectura: la primera carta de San Pedro. Ésta conserva vestigios de una amplia catequesis bautismal (1, 3-4,11) de la cual nuestra perícopa constituye el himno de apertura, que canta la alegría del creyente por la herencia que le ha sido dada en la fuente bautismal y que lo conducirá a la plena participación del reino. La regeneración (v.3) es el punto de partida para una meta, la salvación plena, inaugurada con la resurrección y que se concluirá con la última “manifestación” del Señor (v.7). Pero en esta esperanza que domina la carta no se ignora el paso de dolor y de soledad que la iglesia debe atravesar en las pruebas de su itinerario terrestre (v.6). Pero nosotros “que amamos a Cristo sin haberlo visto, que creemos en él sin verlo” (v.6), no debemos dejarnos invadir por el desaliento, porque nuestra vida que por hoy conoce la muerte, podrá ver también la resurrección y la gloria.

La dificultad y la oscuridad de la comunidad cristiana están descritas en la aparición de Jn. 20 (Evangelio) es decir en el encuentro de Jesús con su discípulo Tomás, que representa a todos los que caminan lentamente y entre muchas crisis hacia la fe auténtica. Jesús reserva una bienaventuranza particular para aquellos que creen con pureza y sin apoyos externos (v.29) y entonces concede una segunda oportunidad a su titubeante discípulo. Muy diferente de lo que sugiere una poesía de Alejandro Solgenitzin que dice: para la Biblia es difícil “creer”, la fe es una conquista cansada y a veces desgarradora. Por el contrario la iglesia proclama el anuncio pascual: “Hemos visto al Señor” (v.25) pero con paciencia y humildad debe observar que el misterio de la libertad humana puede llegar a declarar su acto de fe, lenta y gozosamente: “Señor mío y Dios mío” (v.28). Esta es la profesión de fe cristológica más grande de todo el evangelio y corresponde a la solemne proclamación del primer versículo del evangelio: El fiel ha llegado a la luminosidad total de la fe.

Pero en la presentación de esta comunidad pascual hay todavía un dato aún más significativo que se encuentra oculto en la escena del mismo día de la pascua (vv.19-23), Jesús, el resucitado, se presenta a su iglesia como lo había prometido (14,28), les deja la paz mesiánica (v.21) como lo había anunciado a sus discípulos en 14,27 y envía (v.21) a sus discípulos a la misión definitiva que ahora cumplirán en su nombre y con su poder.

Ahora cobran importancia un gesto y una frase de Cristo. Cristo “sopla”, conforme el símbolo bíblico del espíritu de Dios que crea y transforma el mundo y la humanidad. Este es el Pentecostés Juanino colocado en el día mismo de la pascua: Le es confiado a la iglesia el trabajo de ser y de crear una humanidad nueva. Las palabras de Jesús explican el gesto en este sentido: “recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedarán perdonados, a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos” (v.23). El poder que el Mesías ejerció en su paso por esta tierra, renovando y liberando a la humanidad, ahora es confiado a la comunidad mesiánica sobre la cual se derramó el Espíritu Santo como se derramó sobre el mismo Mesías, al inicio de su misión, en el momento del bautismo. Cristo asocia por consiguiente la iglesia pascual a la gran obra de la creación de una humanidad nueva, libre, pura y animada por el Espíritu Santo, obra que el cumplió en su resurrección.

SUGERENCIAS PASTORALES

La iglesia se presenta como la comunidad del resucitado tal como nos la propone el leccionario de hoy y puede desarrollarse en varios y múltiples lineamientos. Éstos constituyen también la base para un examen sobre la propia comunidad y sobre la fidelidad al Cristo pascual.

- La iglesia es fiel a la catequesis y al anuncio del Evangelio: ésta es su misión primaria.
- La iglesia es fiel al amor fraterno y activo y eficaz aún a través de las estructuras de servicio y de caridad.
- La iglesia es fiel a la eucaristía, que es su corazón vital.
- La iglesia es fiel a la oración, es decir, a la comunión con el Eterno.
- La iglesia vive en la pobreza y en la alegría, gozando así “de la estima de todo el pueblo”.
- La iglesia vive “en la esperanza viva de una herencia que no se corrompe”, lanzada hacia su Señor, que a través de la muerte ha regresado glorioso.
- La iglesia vive en la fe y en el amor de Cristo aún cuando “no lo vea” y lo sienta aparentemente lejano.
- La iglesia es enviada por Cristo a perdonar los pecados, a proclamar el perdón y la liberación.
- La iglesia está compuesta de justos y de pecadores, de un pueblo en camino, de los que creen sin haber visto y de los que tienen necesidad de ver y tocar para creer. La presencia de Cristo pasa a través de la humanidad que es al mismo tiempo grande y miserable.
- La iglesia es el lugar de la comunión con Dios y con los hermanos. Un antiguo proverbio indio decía: “al aplaudir, sabemos que las dos manos están juntas. ¿Cómo se oiría el sonido de una sola mano?”. Con Cristo y con los hermanos nuestra pobre voz se convierte en sinfonía, y nuestro pequeño corazón se transforma en el amor del corazón de Cristo.

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