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DOMINGO DE PASCUA
LECTURAS:
Hechos
4, 32-35
1 Juan 5, 1-6
Juan 20, 19-31
La
Pascua de Cristo no es sólo un evento de la historia,
una experiencia limitada en el espacio y en el tiempo. Al
Resucitado se le encuentra ahora en "el día del
Señor", y el lenguaje del nuevo testamento es
una alusión a la asamblea dominical de la comunidad.
Así el Evangelio nos presenta dos apariciones del Señor
que suceden precisamente en domingo, es más, en forma
constante, la Iglesia nos propone en los seis domingos de
Pascua meditar sobre la irrupción de Cristo nada victorioso
en la vida de los discípulos y de la comunidad cristiana.
La
primera lectura nos ofrece en uno de los "resúmenes"
de los capítulos iniciales de los Hechos: un cuadro
de la vida de la comunidad de Jerusalén. Aristóteles
en su Ética Nicomaquea escribía que "las
cosas de los amigos con comunes, de hecho la amistad se manifiesta
en la comunión" (IX, 1159b) y Platón describiendo
el período de oro de Atenas, decía de la clase
de los guerreros que "nada tienen como propio, pero estiman
todo lo que les es común" (Crizia, 110 e.d.).
También los Esenios en el ambiente judaico, según
los testimonios de Filón y de José Flavio y
confirmado en las reglas de Qumrám, vivían este
tipo de comunión de bienes: ellos no consideraban nada
como propiedad de una persona, pero cada cosa era de todos,
lo que ganaban de su salario diario lo conservaban en el fondo
común. Los cristianos de Jerusalén por aquellos
tiempos no vivían una experiencia nueva, no han ideado
un nuevo estilo social, simplemente han aplicado sólo
una de las máximas aspiraciones del hombre. El versículo
33 nos da un dato importantísimo: solo el horizonte
nuevo de la victoria de Jesús sobre la muerte, hace
libres a los hombres de la obsesión posesiva y acumuladora
que se desarrolla por el miedo a la muerte. En este sentido
la comunión de bienes es signo del poder y de la fuerza
del testimonio de los apóstoles.
El
versículo 34 recuerda a Dt 15,4: "No tendrán
necesidades en medio de ustedes; porque el Señor ciertamente
que los bendecirá...". La que originariamente
era una recomendación ("No tendrán necesidades...")
fue después cambiada en una promesa (en la versión
de los LXX y en la versión aramea del Deuteronomio):
ahora, de la resurrección surge este pueblo de la promesa
del antiguo Testamento. Lucas ve en la Iglesia el pueblo en
el cual Dios ha realizado aquella promesa, el pueblo en el
cual no existe ni pobreza ni miseria. La resurrección
de Jesús hace surgir aquella esperanza que vence la
obsesión de la muerte y hace al hombre capaz de vivir
según una nueva mentalidad que se concretiza en la
comunión de bienes. Podemos por lo tanto concluir que
este no es el modelo que debemos de repetir literalmente,
es una invitación, a nosotros que podríamos
dar más frecuentemente por descontada las diferencias
sociales, que vivimos el inmediatismo y el individualismo
burgués, que abandonemos un estilo de vida determinado
psicológicamente por el primado de la muerte y de las
cosas muertas, por un estilo de testimonio de la esperanza
suscitada desde la resurrección de Cristo.
El
Evangelio delinea el camino de fe de los primeros discípulos
que superan el miedo producido por el arresto y por la condena
del Maestro y llegan a la fe del Resucitado. También
para ellos este encuentro desarrollará un cambio radical
de vida: de pescadores, de hombres ligados a una familia,
a una tierra, a un pueblo pasaron a ser anunciadores peregrinos
de una salvación universal. El don de la "paz"
y del Espíritu hacen encontrar al Resucitado. Cristo
con las manos y el costado herido de la cruz, que San Juan
ha ya presentado como "glorificado", se hace presente
en medio de sus discípulos dando la fuerza para superar
los límites del miedo, haciéndolos capaces de
la misión. Pero Tomás, hombre práctico
(Cf. 11, 16; 14,5), no se fía de su buen sentido: es
el "caso" típico de la dificultad de creer.
Jesús se aparece a Tomás repitiendo las condiciones
de la primera aparición y ofrece las pruebas requeridas,
pero sobretodo lo invita a "hacerse creyente, no incrédulo".
Uno de los doce, que había creído en la autoridad
de Jesús y se había hecho su discípulo,
ahora está en crisis, no sabe superar la crisis del
viernes santo. Pero no basta reconocer en Jesús al
"Maestro", al "Mesías", falta reconocer
en él al Hijo de Dios enviado para llevar a término
la misión de salvación para el mundo. El encuentro
con el Resucitado conduce a Tomás a la profesión
de fe en el Hijo de Dios: "Señor mío y
Dios mío" (v. 28). San Juan concluye con la bienaventuranza
dirigida a sus lectores: también el creyente de las
generaciones sucesivas les es dirigida la promesa de que a
ninguno será menos favorecido que a los de la primera
generación. La realidad de la presencia divina de Jesús
es accesible a todos, a aquellos que pudieron ver porque se
han hecho testigos pero también a los creyentes de
los tiempos futuros. "Felices aquellos..." (v. 29)
no es sólo una exhortación a creer no obstante
todo; se trata del deseo de felicidad y de la certeza de que
en la fe también ellos podrán acercarse a Cristo
(1 Pe 1,8-9). El encuentro que estamos llamados a hacer con
el Resucitado en esta Pascua, nos compromete a ensanchar los
horizontes de nuestra fe tanto a nosotros como a los cristianos
de la Iglesia de Jerusalén y como a los discípulos
que vivían llenos de la experiencia pascual.
Si
creemos en Cristo somos hijos de Dios, sugiere la primera
lectura de San Juan, y esto debe de demostrarse en nuestra
atención a los hermanos. También nosotros debemos
concretizar la llegada del Resucitado a nuestra vida reconociéndolo
en aquellos que viven junto a nosotros como nuestros hermanos.
No tenemos modelos a repetir o leyes que aplicar, pero la
experiencia del Resucitado nos hace ver con ojos diversos
a los demás hombres. Esta tarea se hace posible porque
nosotros somos hijos de Dios y por esto vencemos al mundo
con sus miedos y límites. De todo esto da testimonio
el espíritu de la verdad (v.6).
La
palabra de Dios por lo tanto nos cuestiona hoy en relación
a nuestra vida. Quien cree en el Resucitado debe de vivir
en la esperanza que brinca los horizontes de este mundo. La
fe en Cristo nos hace libres del miedo a la muerte, del inmediatismo,
de la lucha por la supervivencia porque no hace victoriosos
en el mundo, nos hace plena y auténticamente dueños
del mundo y de la historia. Ser verdaderos creyentes significa
vivir como dueños de la historia sabiendo que la libertad
que nos hace tales, viene del hecho de creer en Cristo.
El
leccionario del día pone en unidad profunda la dimensión
horizontal del amor fraterno y la vertical de la fe y del
amor hacia Dios. El amor por los hermanos nace y se alimenta
del amor por Dios, del cual es expresión y concretización.
De hecho el creyente ama a los hermanos en cuanto son "nacidos
de Dios", ellos son sus hijos y "quien ama a los
que ha generado, ama también a quien de Él ha
sido generado (1 Jn 5,1). Amor y fe constituyen un binomio
imprescindible. Por otra parte el criterio de autenticidad
del amor por Dios consiste precisamente en el acoger y cumplir
su propuesta, su voluntad que se desarrolla exactamente en
la tarea del amor fraterno: "Este es su mandamiento:
que creamos en el nombre de su Hijo Cristo Jesús y
que nos amemos los unos a los otros según el precepto
que nos ha dado" (1 Jn 3,23).
En
apéndice damos un acercamiento exegético al
difícil v. 6 de la perícopa de 1 Jn: "Este
es aquel que ha venido con agua y sangre, Cristo Jesús;
no con agua solamente, más con el agua y con la sangre.
Es el Espíritu que da testimonio, porque el Espíritu
es verdad". La experiencia pascual pasa a través
de las dos revelaciones supremas del Bautismo (agua) y de
la Cruz (sangre); así se sintetizan sobre la cruz que
para San Juan es también el inicio de la Pascua: "del
costado de Jesús salió sangre y agua" (19-34).
Estos dos signos son también símbolos de la
realidad eclesial y sacramental (bautismo y eucaristía)
y de la realidad encarnada del sacrificio de Jesús,
Hijo de Dios. El Espíritu con su testimonio manifiesta
al creyente la verdad, es decir en el vocabulario de San Juan,
la portadora salvífica de los eventos recordados.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El primer motivo conductor del leccionario del día
es el de la fe, vista en su itinerario equivocado en Tomás,
celebrada en su raíz en 1 Jn ("quien cree ha
nacido de Dios"), definida en su objeto ("dar
testimonio de la resurrección del Señor Jesús"
y "Jesús es el Cristo") fuente de alegría
("se alegraron al ver al Señor"; "felices
aquellos que sin ver han creído", "todos
gozaban de una gran estima", "¡este es el
día hecho por el Señor: alegrémonos
y gocemos en el Señor!").
2.
El segundo motivo es el del amor, observado en el itinerario
espiritual de la comunidad de Jerusalén, itinerario
que será cambiado (Ananías y Sáfira:
Hechos 5) pero que es celebrado en su raíz divina
("quien ama aquellos que ha generado ama también
quien ha sido generado" por Él, "paz a
ustedes"), definido en su objeto ("amar a los
hijos de Dios", "ninguno tenía necesidad")
y considerado como fuente de alegría y de paz ("tenían
un solo corazón y una sola alma", "sus
mandamientos no les eran pesados"). Sobre todo hoy
estamos invitados a la liberación de las obsesiones
por las cosas, del verbo "tener", del objeto y
de la propiedad, para descubrir al espíritu, el "ser",
el sujeto y la donación: "Es más bello
dar que recibir" (Hech 20,35). "La Pascua genera
la fe y la fe genera amor" (San Máximo).
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Aviso
legal.
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