Ciclo C

II DOMINGO DE PASCUA

LECTURAS:

Hechos 5, 12-16
Apocalipsis 1, 9-11.12-13.17-19
Juan 20, 19-31

Para tener una visión inicial de la liturgia pascual de este domingo podemos tomar como punto de partida el tercer resumen del libro de los Hechos que es la primera lectura de hoy. Es indudablemente una panorámica ideal acerca de la comunidad cristiana de Jerusalén presentada en sus elementos esenciales: la eficaz acción apostólica acompañada, como la de Jesús, de "señales" (v. 12; cfr. 2,43), la koinonia, es decir un mismo espíritu fraterno en la oración y en la vida (v. 12 y 13; cfr. 2,46), la fuerza misionera del ejemplo y del testimonio cristiano (vv. 13-14; cfr. 2,47). La fuente de esta fuerza arrasadora del cristianismo primitivo es precisamente este testimonio vital que Dios sella con su presencia milagrosa y trascendente. La misma obra de liberación contra las fuerzas del mal realizada por Jesús a lo largo de su peregrinar terreno es ahora confiada a las manos humanas de los apóstoles y de los discípulos.

Frente a esta parábola que se encarna en obras y es eficaz porque "es como si Dios exhortara por medio nuestro" (2 Cor 5,20) Lucas nos presenta dos tipos de reacción: la de la hipocresía oficial de los dirigentes y la de los humildes y de los justos. Esta última es la que domina en nuestro texto, mientras que la primera preanuncia los episodios violentos de capítulos posteriores contra la Iglesia de los orígenes. Los enfermos, los pobres, los marginados, son quienes encuentran la esperanza aún bajo la sola sombra del apóstol (v. 15). Son ellos los primeros y verdaderos destinatarios del llamamiento de la Iglesia, así como antes lo habían sido del de Jesús, y en la comunidad cristiana ellos deben encontrar su refugio y puerto seguro. Allí deberán ver aliviados sus sufrimientos, allí deberán encontrar palabras que consuelan y no aterran, que perdonan y no juzgan, que salvan y no condenan.

En efecto, en nuestras iglesias, como en la que describe San Juan en el cenáculo la noche de Pascua, están presentes los que han recibido el don del Espíritu para perdonar los pecados (Jn 20,22-23). Aunque los exegetas discuten acerca de los destinatarios de este don (¿los apóstoles o toda la comunidad?) y sobre la manera concreta de difundirlo y administrarlo (¿bautismo, penitencia, predicación del evangelio?) lo cierto es que para Juan la Iglesia es por excelencia el lugar en el que se realiza la liberación total del mal y la constitución de la nueva humanidad creada por el "soplo" de Cristo (v. 22; cfr. Gen 2,7).

En el interior de nuestras comunidades eclesiales se dan también de una manera muy real todas las formas y existen todos los niveles de la experiencia de la fe, aún la "judaizante", como la de Tomás que necesita "señales" para creer (1Cor 1,22) y que había sido ya denunciada por Jesús mismo: "Si no ven señales y prodigios, no creen" (Jn 4,48). También Tomás declara: "Si no veo y no meto la mano…, no creeré" (v. 25). A pesar de ello, Jesús muestra apremio y paciencia aún ante esta fe "racionalista" y pretenciosa aunque exalta el mérito y la dicha de la fe pura y radical (v. 29). Y el resultado final de esta historia vivida por un hombre de poca fe es confortante para todos los que caminan a tientas en el túnel oscuro de la búsqueda de Dios. Al final de la prueba que Jesús le ofrece, Tomás proclama su profesión de fe cristológica, la más profunda de todo el evangelio: ¡Señor mío y Dios mío! (v. 28). En efecto, esta profesión es la aplicación explícita y directa a Jesús de una de las proclamaciones de fe del Antiguo Testamento referida a Yahvéh, "mi Dios y Señor" (Sal 35,23). En la Iglesia, por lo tanto, no hay lugar sólo para los pobres y los material o moralmente enfermos, sino también para quien vive una crisis de fe o una fe imperfecta. Basta con no cerrar el corazón y no bloquear el deseo de buscar y de esperar. Tarde o temprano Jesús reaparecerá y también a éstos les dirá "la paz esté con ustedes", revelando su deseo de salvarlos. En efecto, toda la Palabra de Cristo, como escribe Juan en el epílogo a la primera edición de su evangelio, fue escrita y proclamada "para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis la vida en su nombre".

Cristo es, por lo mismo, el alma y el fin de toda experiencia eclesial, como indica espléndidamente la grandiosa aparición pascual con la que se abre el libro de la esperanza y de la confianza de la Iglesia primitiva, el Apocalipsis (1,12-20). Casi como en un mosaico bizantino el Cristo pascual domina la escena como el "Primero y Ultimo" (v. 17; cfr. 2,8; 22,13), fuente y fin del ser y de la historia, como "Viviente", es decir, según la terminología veterotestamentaria, como máxima expresión divina (el "Dios viviente" es en realidad Yahvéh: Gen 3,10; Sal 92,3, etc.). Frente al Pantocrátor toda la Iglesia está en adoración y en alabanza pura celebrando una liturgia que es un anticipo de la celestial. El centro de esta alabanza es la Resurrección, misterio fundamental del cristianismo: "Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos y tengo el poder sobre la muerte y los infiernos" (v. 18). Con su Pascua Cristo se ha convertido en el Señor invencible de la muerte y de las tinieblas y nos hace vislumbrar un horizonte de esperanza y de luz. Por ello el libro del Apocalipsis que ahora está para abrirse y de cuyo contenido tenemos un esbozo en el v. 19 ("lo que has visto: lo que ya es y lo que va a suceder más tarde"), se convierte en un canto a la esperanza y a la certeza de la victoria. Cristo penetra la historia, la juzga, engloba pasado, presente y futuro y exhorta y anima al cristiano a caminar hacia un destino de gloria aun en medio de la oscuridad y de las amarguras.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. Es necesario volver a crear en el ámbito de cada una de nuestras comunidades cristianas una atmósfera vital diferente: nuestros templos no deben reducirse a meros lugares de culto o de actos religiosos sino transformarse en lugares del perdón, del anuncio evangélico, de la caridad fraterna, de la acogida, de la ayuda al creyente que duda o al hombre en búsqueda. Aun siendo solamente subsidiaria respecto a las organizaciones civiles, la comunidad cristiana debe estar atenta y ser sensible a las vicisitudes históricas, concretas, "corporales" del hombre creando ininterrumpidamente una sensibilidad máxima en toda la sociedad respecto a la dignidad humana.

2. La comunidad cristiana tiene como su cometido específico el hacer crecer en la fe. Debe ser como el Cristo paciente y "pedagogo" siguiendo las vicisitudes a veces misteriosas y dolorosas de la fe con un profundo respeto a las exigencias y a las cualidades personales de cada individuo. El evangelio de hoy es también el retrato del alma que tiene sus tiempos y sus momentos a los que el Maestro con amor paciente trata de adaptarse. Aunque nuestra propia fe tenga dudas como las de Santo Tomás, debemos estar conscientes siempre de que también para nosotros es posible proclamar al final con plena firmeza nuestra profesión de fe.

3. En el centro de toda comunidad cristiana está siempre la figura gloriosa del Cristo resucitado (segunda lectura). Es esto lo que hace a la Iglesia diferente de una sociedad más o menos perfecta, de una secta, de una asociación filantrópica o ideológica, de un partido político. Conocer, amar y vivir en Cristo constituye el alma de la experiencia eclesial. Es sobre todo esto lo que debemos buscar en la liturgia y en la vida eclesial. Es ésta también nuestra esperanza: "Soy yo el Primero y el Ultimo, el que vive". Al volver a nuestras actividades rutinarias de la semana debemos reencontrar la esperanza y la alegría porque Cristo nos ha ofrecido el sentido de la vida y de la historia.

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