| III
DOMINGO DE PASCUA
LECTURAS:
Hechos
2, 14ª.22-28
1 Pedro 1, 17-21
Lucas 24, 13-35
La
única y más grande solemnidad de las siete semanas
de Pascua se mueve a través de dos corrientes temáticas
conectadas entre sí. La vida y la fe de la comunidad
se acompañan y se sostienen mutuamente por los repetidos
y sorprendentes encuentros con Cristo resucitado (las apariciones).
Lo que une a estas dos corrientes es sin duda el concepto
de iglesia como "comunidad viviente del Señor
Jesucristo resucitado" (K. Barth).
Naturalmente
el libro de los Hechos de los Apóstoles es el texto
más adaptado para trazar la fisonomía de la
iglesia primitiva y por esta razón ocupa siempre el
primer lugar en el leccionario pascual. El fragmento de hoy
es una parte del primero de tres discursos misioneros de San
Pedro, a los que corresponden los tres discursos de San Pablo
en la segunda parte del libro. Este solemne discurso de Pentecostés,
elaborado y enriquecido por San Lucas, constituye casi la
introducción teológica a todo el libro de los
Hechos y da testimonio del compromiso catequístico
de la primera comunidad cristiana.
El
núcleo central en torno al cual se desarrolla el discurso
es la muerte y la Pascua de Cristo tal como se presenta en
este fragmento. La Pascua de Cristo, según la práctica
exegética de la comunidad cristiana, se describe en
base a un texto bíblico: el Sal. 16. Se trata de una
página de mucha altura mística que desemboca
en un horizonte de eternidad. El límite creatural se
rompe con la muerte física y el hombre continúa
para siempre la comunión con Dios, una comunión
que ya inició durante el peregrinar terreno de la vida.
San Pedro toma el salmo como emblema del triunfo pascual de
Cristo que es la raíz de nuestra esperanza, en un sentido
más preciso del que tuvo la intuición del salmista.
Las imágenes del salmo adquieren ahora una luz y una
dimensión plena y diversa (la contemplación
del rostro de Dios, el camino de la vida, la alegría
perfecta, la permanencia a la derecha de Dios). La exégesis
realizada por San Pedro toma como punto de partida el hecho
de atribuir este salmo a David. El rey no podía hablar
de sí mismo en aquel texto porque su cuerpo estaba
destinado a la corrupción del sepulcro. Por consiguiente,
continúa San Pedro, David ha anunciado la plena victoria
del futuro Mesías sobre la muerte. La resurrección
de Cristo se coloca así en el cuadro de la esperanza
bíblica y del proyecto salvífico global.
Como
ya se dijo (II Domingo de Pascua), la primera carta de San
Pedro es un documento teológico de la iglesia primitiva
centrado principalmente en la experiencia bautismal. Esta
experiencia nace de la Pascua de Cristo, principio y fuente
de toda salvación: "Sabiendo que habéis
sido rescatados de la conducta necia... con una sangre preciosa,
como la del cordero sin tacha y sin mancha, Cristo
Dios
lo ha resucitado de entre los muertos
de modo que vuestra
fe y vuestra esperanza estén en Dios" (1Ped. 1,
18-19.21). El creyente queda consagrado con la sangre de Cristo
y es arrancado de su existencia sin sentido y por eso es muy
importante que ahora "se comporte con temor en el tiempo
de su peregrinación terrena, es decir, con fe y compromiso"
(v.17).
La
experiencia pascual también está en la base
de la misma escena que San Lucas presenta con más arte
y refinamiento: Los dos discípulos de Emaús
son el símbolo de la multitud de discípulos
de todos los tiempos. El contexto y la atmósfera ideal
para leer la perícopa es sin duda la Liturgia de la
Palabra y también la Liturgia Eucarística, como
lo indican dos frases fundamentales de la narración:
"Comenzando por Moisés y los profetas les explicó
todas las escrituras que se referían a Él"
(v.27)
"Tomó el pan, pronunció la
bendición, lo partió, y se lo dio a sus discípulos
Entonces se abrieron sus ojos y lo reconocieron" (vv.
30-31).
El
itinerario hacia la plenitud de la fe y del culto puede ser
armado en cuatro etapas. En la primera (v.13-18) aparecen
los discípulos de Emaús desconsolados "en
camino", "discutiendo entre ellos" y "de
pié con el rostro triste". Es un vivo retrato
de la crisis de fe y de desilusión, que los hace recurrir
a ideologías y pensamientos para superar este vacío
y esta angustia. San Lucas empieza a vislumbrar la posibilidad
de una solución: Jesús resucitado que camina
con los hombres.
La
segunda fase (vv. 19-24) del mensaje pascual señala
al creyente en crisis y casi incrédulo. Jesús
queda en la nostalgia "como un hombre poderoso en palabras
y obras", pero al final de su vida, es decir, en la Pascua,
simplemente ha fallado ("nuestros sacerdotes y nuestros
jefes lo han crucificado"), es una ilusión (las
mujeres y la tumba vacía).
El
tercer cuadro (v.25-27) lo domina la lectura del evento pascual
hecha por Jesús y por lo tanto compartida a los creyentes.
A través de la meditación sobre la Palabra de
Dios se llega a entender el misterio de Cristo. Conforme van
pasando las reflexiones de este personaje desconocido, los
dos discípulos comienzan a animarse, su corazón
comienza a "arder", sin embargo, ésta no
es todavía la fe.
La
última escena (v. 28-35) está dedicada al "reconocimiento"
de Jesús en la fe y el anuncio a los hermanos. Una
vez alcanzada la plenitud de la fe, es decir, creyendo en
Cristo resucitado, los discípulos no pueden mantener
en secreto la experiencia vivida. Como les sucedió
a San Pedro y los otros apóstoles regresando de la
tumba vacía, así también los discípulos
de Emaús debieron "correr para anunciar"
la fe; ante una gracia tan grande no se pudieron quedar callados.
Todos aquellos que caminan por las vías difíciles
de la fe deben alcanzar esta última etapa, o si no,
quizá están todavía entre la tristeza
y la oscuridad de la primera escena.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El Bautismo, la Eucaristía y la Palabra son tres
grandes presencias de Cristo en la iglesia y en la vida
de los creyentes. En torno a estos tres sacramentos de salvación
deben girar la catequesis, la liturgia y la vida cristiana.
2.
La narración del encuentro de Emaús subraya
la dimensión de la búsqueda, que es una gracia
ya de por sí. De hecho es el mismo Cristo quien primero
los acompaña por la vía oscura y desolada
de la duda y de la espera. "Mientras empieza a crecer
el vacío de la comunidad, las mujeres han oído
un anuncio pero no les creyeron, San Pedro no ha visto todavía
al Señor, no obstante su deseo. Jesús reúne
a sus discípulos con el gesto eucarístico
(v. 23) y los constituye testigos ("vosotros sois testigos
de esto" v.48)" (J. Radermakers, Lectura pastoral
del Evangelio de Lucas, Bolonia 1983, p. 465). Cristo transforma
la búsqueda, la pobre disponibilidad y la espera
en encuentro, en arribo, en fe. Hoy nuestra oscuridad proyecta
un rayo de luz: Santa Teresa de Ávila.
3.
La Pascua también es el canto de la vida. El destino
de Cristo es la anticipación de nuestro destino de
esperanza, "su carne reposa en la esperanza y su alma
no ha sido abandonada a los infiernos". Frente al fluir
del tiempo y al límite creatural de la muerte, nosotros
tenemos la certeza de ser atraídos hacia lo infinito
y lo eterno. La catequesis sobre la muerte cristiana es
por excelencia una catequesis pascual. Una de las más
antiguas plegarias judías, una de las dieciocho bendiciones,
proclamaba: "Señor omnipotente y eterno que
resucitas a los muertos, tú que eres fuerte para
socorrer, tu gracia sostiene a los vivientes y tu misericordia
regresa la vida a los muertos. Tú sostienes a los
débiles, curas a los enfermos, liberas a los esclavos
y mantienes fielmente tu promesa a aquellos que duermen
en el polvo. Oh rey nuestro, tú haces morir y haces
vivir, tú nos regalas la salvación".
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Aviso
legal.
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