Ciclo C

III DOMINGO DE PASCUA

LECTURAS:

Hechos 5, 27-32.40-41
Apocalipsis 5, 11-14
Juan 21, 1-19

Leemos hoy en el Evangelio una página que se añadió al texto de San Juan en una segunda edición. Dicha página está formada substancialmente por dos grandes cuadros, la aparición en el lago de Tiberíades (21,1-14) y el diálogo entre Jesús y San Pedro (21, 15-19). A su vez, el primer cuadro está estructurado sobre dos escenas distintas: la pesca milagrosa, signo revelador de la presencia del Señor resucitado (vv. 2-8) y la comida de Jesús con sus discípulos en la playa del lago (vv. 9-13).

La escena de la pesca se inicia con la descripción del lugar, de los siete personajes (v. 2), de la vida cotidiana del pescador palestino. Más he aquí que de pronto irrumpe en la escena un personaje nuevo y desconocido (v. 4). La incomprensión y la falta de reconocimiento forman parte de las apariciones y marcan la distancia entre el Jesús "según la carne" más fácilmente identificable, y Cristo "según el Espíritu", reconocible sólo a través del camino de la fe. Este personaje desconocido les propone continuar con la fatiga cotidiana con la esperanza de un resultado favorable ("echen la red a la derecha de la barca": la frase del v. 6, interpretada miles de veces en forma alegórica por la exégesis patrística, tal vez pretenda sugerir un augurio de buena suerte). Y el resultado es espectacular: "no podían jalar la red por tantos pescados…, arrastraban la red con los pescados…, la red estaba repleta de pescados grandes; eran 153" (vv. 6.8.11). También en este caso, no obstante las especulaciones fantasiosas alegóricas, el número quizás quiera subrayar solamente el hecho del testimonio ocular.

El episodio, sin embargo, parece adquirir progresivamente un valor simbólico global. En efecto, el paralelo de Lucas del capítulo 5 está vinculado con la vocación de los apóstoles y se concluye con la declaración que Jesús dirige a Simón: "No teman, de ahora en adelante ustedes serán pescadores de hombres" (Lc 5, 10). También en la escena que nos presenta San Juan, quien funge como vocero privilegiado es Pedro, citado en repetidas ocasiones (vv. 2.3.7.11) y que, según la tradición de Juan, "el discípulo amado de Jesús" (v.7), con su ímpetu y pasión se lanza al mar al encuentro de su Maestro. De esta manera Pedro se convierte en el discípulo que sigue a Cristo resucitado, mientras que la barca, la red que a pesar de la enorme cantidad de pescados no se rompió, la comunidad apostólica pueden aludir de una manera velada a la Iglesia que tiende hacia el Señor resucitado.

Sigue entonces la escena de la comida, parecida a la del reconocimiento de los discípulos de Emaús (Lc 24,34) o a la del cenáculo, durante las cuales Jesús come "un trozo de pescado asado" (Lc 24,42). La comida la prepara Jesús mismo y los gestos que realiza (v. 13) evocan las comidas con el Jesús terrenal y probablemente también con el de la Ultima Cena. Ahora la comunión con el Jesús terrenal se transforma en un diálogo y comunión con Cristo resucitado presente y cercano a su Iglesia también en el acontecer cotidiano de la historia.

El segundo cuadro, por otra parte, se centra en el diálogo entre Jesús y Pedro, que viene a constituir una triple rehabilitación de Pedro por su triple negación: El alma del compromiso pastoral es el amor a Cristo. Pedro participa ahora visiblemente de la misión pastoral, específica y propia de Cristo "pastor supremo". Las ovejas confiadas a Pedro son siempre y sobre todo "mis ovejas", es decir de Jesús; la misión de Pedro está orientada toda ella a Cristo buen pastor y debe estar preparada a llegar hasta el mismo clímax de la donación. En efecto, la extraña declaración del v. 18 explicada por la nota redactora del v.19 preanuncia el destino de Pedro que como "el buen pastor que da la vida por sus ovejas", deberá "glorificar a Dios con su muerte".

Y he aquí que Pedro se ve envuelto muy pronto en esta aventura de amor y de donación según el testimonio de la perícopa de Hch 5 que describe a Pedro en la sala de procesos del Sanedrín sometido a un interrogatorio. Sin las dudas e incertidumbres del pasado, proclama con valor el principio de la libertad de fe: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (v. 29). Obedecer en la Biblia es sinónimo de creer; por eso Pedro afirma la fuerza crítica de la fe respecto a la autoridad humana, política o religiosa, cuando ésta se atribuye funciones absolutas que no respetan la libertad y la sinceridad auténtica de la conciencia. "Dios no justifica más ni consagra a los poderosos y a las autoridades terrenas, sino que los critica y enjuicia sobre la base de su fidelidad o infidelidad al nuevo estatuto de la humanidad: el hombre libre para amar y responsable de su futuro" (R. Fabris). Y a continuación Pedro les presenta a sus jueces un interesante modelo de kerigma en miniatura basado sobre el artículo fundamental de fe en la muerte y resurrección de Cristo (vv.30-31; cfr. 1 Cor 15,3-5) y sobre la respuesta de "conversión" y de "perdón de los pecados" necesaria por parte del hombre. El acusado en este proceso no es, por lo tanto, solamente Pedro sino el mismo Jesús que ahora, como lo había prometido, pone en los labios de su discípulo la respuesta justa. Desde la perspectiva típica de los Hechos, el conflicto entre la Iglesia y el Sanedrín no es sino la continuación del que condujo a Jesús al patíbulo. Pero la victoria de Dios sobre la muerte hace intuir cuál será el resultado final de esta continua confrontación. La observación final acerca de los apóstoles ultrajados y amenazados y sin embargo contentos y valerosos constituye el testimonio más vivo de ello (vv. 40-41).

El triunfo final, la esperanza escatológica, la gloria del Cordero y de su Iglesia son precisamente el tema del grandioso mosaico de Apocalipsis 5 presentado en la segunda lectura de hoy. Este es el valor simbólico de esa celebración celestial en coro. El cordero es Cristo muerto y resucitado con la plenitud de su función mesiánica y con la posesión completa del Espíritu. El Espíritu coordina y realiza eficazmente todo el desarrollo de la historia de la salvación. El trono indica la soberanía absoluta de Dios sobre el ser y sobre la historia, soberanía que ahora será ejercida por Cristo resucitado (cfr. Mt 28,16-20). Los ancianos representan a todo el pueblo elegido, así como en el Antiguo Testamento representaban en el Sinaí a todo el pueblo de Israel. Son, pues, los apóstoles, los mártires, los testigos de la fe, los justos. Los cuatro vivientes son, a su vez, el símbolo personificado de la acción múltiple de Dios proyectada hacia las cuatro direcciones del horizonte: saliendo de su trascendencia Dios viene al contacto concreto con la humanidad salvándola y dándole su Espíritu. Toda la humanidad y toda la creación responden con su alabanza sinfónica: "Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos" (v. 13).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. La coherencia del testimonio cristiano aún en situaciones difíciles es uno de los temas constantes de los Hechos y de la primera lectura de hoy. Un testimonio firme pero no arrogante, un testimonio decidido pero no provocador, un testimonio humilde y no masoquista, un testimonio de amor y no de privilegios, un testimonio en el nombre de Jesús y no en nombre propio ni en el de alguna asociación.

2. El testimonio y la experiencia de Cristo se colocan en el interior de la vida cotidiana y social: los discípulos encuentran a Jesús mientras están en su trabajo y son "llamados de nuevo" a su compromiso misionero. Allí es donde Jesús se hace reconocer y comparte la mesa. "Redescubramos el misterio de fecundidad y de epifanía de lo cotidiano y del instante" (Mauriac).

3. San Pedro es la figura del pastor, por lo tanto del guía y del compañero de viaje: por lo mismo es el modelo de quien continúa la función pastoral de Cristo mismo en la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Es así mismo la figura del discípulo cuya característica fundamental es el amor hasta la donación completa. Sin embargo es siempre Cristo quien en realidad conduce eficazmente a la Iglesia, a través de la mano y la voz de los pastores, hermanos nuestros en la carne, para Él es "la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos" (Ap. 5, 13).

4. Como conclusión podemos afirmar que la liturgia de hoy nos ha presentado un delineamiento de vida cristiana: vida cotidiana y humilde, de compromiso y testimonio, guiada por el Pastor supremo y por los pastores de su rebaño, entretejida por el amor y encaminada a "Quien está sentado en el trono y al Cordero".

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