| IV
DOMINGO DE PASCUA
LECTURAS:
Hechos
13, 14.43-52
Apocalipsis 7, 9.14-17
Juan 10, 27-30
El
tradicional domingo pascual ligado al tema de Cristo pastor
gira en torno a la breve perícopa de San Juan tomada
del discurso pronunciado por Jesús con ocasión
de la fiesta de la dedicación del Templo, celebrada
todavía hoy en día por los judíos (la
solemnidad de Hanukkah). Retomando la declaración de
apertura del discurso (vv. 3-4), Jesús desarrolla el
tema de la escucha-conocimiento. Entre Cristo y el fiel se
establece un nexo íntimo de comunión: Jesús
"conoce", es decir entra en la profundidad personal
de la criatura amada que le responde con la "escucha"-adhesión
de la fe. Nace así el modelo ideal del discípulo
que es aquel que "sigue" a su Pastor, guía
y compañero de viaje durante el itinerario terrestre
(v.27). Jesús toma después en clave antitética
y por alusión la figura obscura y negativa del asalariado
y la del lobo. En el v. 12 se hacía notar: "el
asalariado abandona las ovejas y huye y el lobo hace presa
de ellas y las espanta". Ahora del pastor se dice "Yo
les doy la vida eterna y no perecerán jamás;
nadie las arrebatará de mi mano" (v. 28). Se celebra
así el amor salvador de Cristo, un amor que conduce
al fiel a la esfera misma de Dios: En efecto, la "vida
eterna" en el vocabulario de San Juan es simplemente
sinónimo de "vida divina" y, por lo mismo,
de participación de la existencia misma del Pastor.
Ninguna fuerza es más poderosa que Dios, ningún
mal, ninguna tempestad puede separarnos de esta comunión
de vida con Dios. Quien está en relación de
intimidad con Cristo lo está también con el
Padre porque, como declara el v. 30 célebre en las
controversias trinitarias, "el Padre y yo somos uno".
Y Dios en el Antiguo Testamento exclamaba: "no hay quien
se pueda substraer a mi poder" (Is 43, 13).
También
San Pablo expresaba en su carta a los Romanos la misma certeza:
"Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles
ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades
ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá
separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Señor
Jesús nuestro" (8,38-39). San Juan quiere reflejar
en estas líneas del discurso de Jesús también
la serena experiencia de su comunidad que se sentía
el rebaño protegido del Gran Pastor, el Hijo de Dios:
ni las persecuciones (16,4), ni las herejías (1 Jn)
podrán "arrancarle" estas ovejas a su Pastor.
El
simbolismo pastoril domina también la segunda lectura
de hoy tomada de aquel grandioso cuadro de la esperanza y
del sufrimiento de la Iglesia que es el Apocalipsis (c. 7).
La perícopa se halla insertada en la llamada "sección
de los siete sellos" (6,1-7.17) que viene a culminar
precisamente en el texto que nos ocupa hoy con una gran celebración
coral de la salvación definitiva y escatológica.
En el centro de esta inmensa escena de "una muchedumbre
tan grande que nadie podía contarla formada por individuos
de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas"
(v. 9) se encuentra el Cordero, Cristo (v. 17). El concentra
en sí todo el simbolismo pastoril: es cordero y pastor,
es cabeza y cuerpo de la Iglesia. Haciéndose eco de
la profecía de Ez 34, como en el texto del evangelio,
el Apocalipsis declara, efectivamente, que "el Cordero
será su pastor y guiará a sus ovejas a las fuentes
del agua de la vida".
La
función del Cordero para con la "muchedumbre"
de los elegidos se define en repetidas ocasiones. El "ha
lavado y blanqueado sus túnicas con su propia sangre"
(v. 14). La sangre de la muerte de Cristo acoge en sí
la sangre de los mártires que han pasado por "la
gran tribulación", a saber, la persecución
(¿de Domiziano?) que enfrentaba la iglesia de entonces
y la futura y decisiva de la historia, y salva eficazmente
y hace a los fieles semejantes a sí mismo. Efectivamente,
la túnica es signo de la nueva realidad de una persona
y la blancura expresa la participación de la esfera
divina y de la perfección escatológica. De esta
manera vuelve el tema de la plena "intimidad" y
comunión con Dios, atestiguada también por otras
dos acciones del Cordero hacia sus elegidos. Él "extenderá
su tienda sobre ellos" (v. 15). La "tienda "
y la "presencia" (Shekinah) de Dios en medio de
su pueblo en el Arca de Israel y en la carne de Cristo (Jn
1,14) eran los dos polos tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento. La "tienda" perfecta de la Jerusalén
celestial cubre ahora en plenitud a la asamblea de los elegidos
unidos así totalmente a su Salvador. Citando a Isaías
(49,10), el Apocalipsis describe enseguida el gozo nuevo y
sin resquebraduras de los salvados y esto es otro gran don
que emana de la comunión con el Cordero. "Dios
enjugará toda lágrima de sus ojos y ningún
mal podrá jamás obscurecer el gozo de este rebaño
que en Dios encuentra su paz y su meta definitiva.
La
Iglesia se encuentra peregrinando por etapas hacia este estero
glorioso a través de los caminos y los desiertos de
la historia presente. Anticipa en ciertos momentos aquella
alegría cuando siente que se difunde en su interior
el Espíritu, como sucede en Antioquía de Pisidia
donde los gentiles convertidos "se alegraron y se pusieron
a glorificar la palabra de Dios" (Hch. 13,48). Pero,
como hace notar el fragmento de hoy de los Hechos, las lágrimas
y los dolores son todavía una parte componente esencial
del camino del rebaño de Dios. La tensión entre
los misioneros cristianos y judíos, ligados a sus privilegios
étnico-religiosos, llega a su punto más álgido
y viene a culminar en la persecución que obliga a Pablo
y Bernabé a abandonar Antioquía. El énfasis
de la narración está puesto precisamente en
este contraste que es un anuncio del definitivo: por una parte
la aceptación alegre de los gentiles que entran entusiastas
en el rebaño de Cristo y por otra la reacción
y los celos del judaísmo que se engaña al creer
que automáticamente son parte del rebaño de
Dios sin la apertura interior y la conversión. Hoy,
por lo tanto, celebramos la jornada de la Iglesia, de sus
misioneros, de sus "llamados", de sus miembros pertenecientes
a toda tribu, raza o pueblo, de sus esplendores y de sus sufrimientos.
Pero, como en el ábside de una basílica, la
figura dominante es la del buen Pastor que nos guía,
nos "conoce", nos "llama por nuestro propio
nombre" y nos ayuda a pasar a través de las lágrimas
y las amarguras para conducirnos a su redil, a su paz y a
su gozo.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El Ángel-pastor Cristo que domina la liturgia
de hoy nos permite hacer una reflexión sobre el sentido
de la historia y de la vida de la Iglesia. La Iglesia tiene
un guía (pastor) que infunde confianza y que ofrece
alimento y palabra pero que también está cercano,
convirtiéndose en el mismo cordero. El pastor supremo
y todos aquellos que a lo largo de la historia, por medio
del sacerdocio ministerial, continúan esa misión,
deben ser guías y compañeros de viaje en el
peregrinaje hacia "las fuentes de agua viva".
La vocación sacerdotal es este entretejido de carismas
personales y de presencia humana. En este camino el presbítero
debería hacer resplandecer su valor de signo para
la comunidad cristiana.
2.
El rebaño-comunidad está impregnado y guiado
también por otra fuerza, la de la Palabra que los
hechos describen como un sujeto agente: "La Palabra
de Dios se difundía por toda la región".
La Palabra atrae a sí a personas diferentes por su
cultura, por convicciones políticas, por mentalidad
formando un mosaico vivo y multicolor descrito precisamente
por el libro de los Hechos. Unidad en la Palabra y en el
Pastor, pluralidad en la riqueza de los carismas: "Miré
y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría
contarla, de toda nación, razas, pueblos y lenguas"
(Ap. 7,9).
3.
La comunidad actual vive en las contradicciones y en
el sufrimiento. Gozo y dolor, pastores y asalariados, sangre
y felicidad se van alternando. El famoso poeta Kh. Gibran
escribía en el Profeta: "Algunos entre ustedes
dicen: El gozo es más grande que el dolor. Y otros:
El dolor es más grande. Ahora bien, yo les digo que
son dos cosas inseparables. Llegan juntos y si el uno se
sienta a la mesa, recuerden que el otro duerme en su cama".
Pero este peregrinar tiene una esperanza: "Ya no tendrán
hambre ni sed, Dios enjugará toda lágrima
de sus ojos" (Ap. 7, 16-17).
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Aviso
legal.
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