Ciclo A

V DOMINGO DE PASCUA

LECTURAS:

Hechos 6, 1-7
1 Pedro 2, 4-9
Juan 14, 1-12

Siguiendo siempre los testimonios de la vida y de la fe de la Iglesia primitiva, la primera página de la liturgia de hoy nos pone frente a un evento significativo en la historia de la comunidad cristiana, en cuyo ámbito comienzan a surgir las primeras crisis y las primeras disensiones. Hasta este momento la unidad del grupo cristiano se sostenía por la homogeneidad racial y cultural, pero ahora aparece una nueva fisonomía y se oye una liturgia nueva: la liturgia griega. La unión que al principio era espontánea y sin fisuras ahora es puesta a prueba por las mezquindades, las obtucidades y por las tensiones que nacen sobre todo de parte de aquellos que temen los cambios de costumbres y de cultura y las voces nuevas: los judeo-cristianos. Para resolver esta fractura todavía embrionaria, pero que enseguida alcanzará puntos dramáticos, se instituye un comité de siete personas de las que los hechos de los apóstoles conservan la lista, como lo hace en el caso de los doce apóstoles (6, 5; cfr. 1,13). De todas formas es significativo subrayar que la discriminación entre los dos grupos se experimenta precisamente en el nivel en donde la fe se transforma en operativa, es decir en la asistencia cotidiana a los pobres.

Es precisamente en el amor y en el compromiso social como se puede medir la auténtica temperatura de la fe y se evita reducir a la Iglesia a una secta, a un partido o a una ideología. La comunidad cristiana busca rápidamente una solución frente a este problema candente, demostrando una inventiva pastoral y una pasión por la unidad de la Iglesia. Se trata de una solución que revela la multiplicidad de las funciones y la estructura colegial de la Iglesia. Además, la Iglesia presta atención a las exigencias concretas que explican las siempre nuevas estructuras de servicio. En este momento de los hechos de los apóstoles podemos ya trazar el plano pastoral de la Iglesia primitiva. Se da principalmente un servicio misional de la palabra que queda confiado a los doce que son por excelencia los testigos de la resurrección. También se da una estructura cultual ("la oración"), y finalmente se da una diaconía, es decir un servicio de asistencia y de solidaridad con todos los pobres sobre todo los más desatendidos. Con esta ramificación bien articulada, la palabra de Dios se difunde casi como si fuera ella misma el sujeto agente, dotado de la fuerza irresistible de Cristo resucitado (v.7).

También la primera carta de San Pedro presenta la estructura de la Iglesia pascual definida como "edificio espiritual" dentro del cual un "sacerdocio santo" ofrece "sacrificios espirituales agradables a Dios" (2,5). "La piedra angular que mantiene compacto este templo vivo es el mismo Cristo que fue negado por los judíos y los incrédulos, pero que es piedra angular elegida y preciosa para los que creen" (v.7). "Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo". (1 Cor. 3, 11). Sobre esta base se levanta el trabajo del nuevo pueblo que está compuesto de otras tantas "piedras vivas" que hacen vivo al nuevo templo y lo transforman en Cuerpo de Cristo. El culto, muy lejos de ser un complejo de rubricas y de leyes, es un culto "espiritual" y su mejor definición la ofrece San Pablo: "Os exhorto a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual" (Rom. 12,1). Por lo tanto todos los creyentes se convierten en "sacerdotes" que anuncias al mundo la salvación operada por el resucitado. Haciendo referencia a Ex. 19, 5-6 y a la consagración de todo Israel al pie del monte Sinaí, San Pedro proclama la función sacerdotal, real y profética del bautizado por lo cual este paso (v.9) se ha transformado en la tradición cristiana, en un texto clásico para la tesis del "sacerdocio común de los fieles". El antiguo pueblo fue constituido como nación sacerdotal frente a la roca del Sinaí sobre la cual había celebrado el sacrificio ritual de la alianza (Ex. 24). El nuevo pueblo se consagra sacerdote, alrededor de otra roca, Jesucristo, sobre la cual ofrece el sacrificio espiritual de su propia existencia.

El destino de la Iglesia se perfila, por el contrario, en el evento tomado de los discursos del adiós de la última cena que leemos en el evangelio de la liturgia de hoy: "porque voy a prepararles un lugar… volveré y los tomaré conmigo, para que donde esté yo, estéis también vosotros" (Jn. 14, 2-3). Los discursos del adiós, más que una página musical articulada en golpes y fraseos convergentes en un hilo armónico unitario, asemejan más bien a la delta de un río contorsionado en el cual cada afluente recorre ondas sucesivas de temas, imágenes y pensamientos. Más allá de la descripción de la familiaridad perfecta con Dios que es el destino último y definitivo de la Iglesia, más allá de la declaración de intimidad profunda entre Cristo, el Padre y los discípulos, ("morada" es el término clásico de San Juan referido a la comunión con Cristo y con Dios) el fragmento ofrece otros temas significativos. La triple autorevelación ("Yo soy el camino, la verdad y la vida", v.6) domina los vv.6-11 y explica otra afirmación fundamental: la unión íntima entre Cristo y el Padre. Jesús es el mediador personal de la salvación ("camino") a través de su revelación divina ("verdad") que conduce a la ("vida ") con Dios que Jesús ya posee: Jesús es al mismo tiempo camino y meta. Esto se hace posible por la mutua inmanencia que existe entre el Padre y el Hijo: "Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí" (v.11).

"Las obras" es decir los milagros, irrupciones de Dios en la historia, dan testimonio. Y aunque la Iglesia puede alcanzar un cierto grado de inmanencia en el Padre, es obvio que continuará "obrando" (v.12) milagros, y continuará efundiendo salvación y libertad. Esta atrevida tesis teológica, que ve la recíproca presencia de Dios y del creyente ya puesto en el camino terreno de la Iglesia, revela la novedad de la visión de la paternidad divina según el cristianismo. Para poder entenderla plenamente pongamos por conclusión una oración del poeta indio Tagoré: "Eres nuestro Padre. Haz que te reconozcamos como tal, inclinando la cabeza frente a ti. No estés enojado con nosotros, Padre, sino más bien aniquila nuestros pecados. Danos cuanto te plazca. Porque Tú Padre, eres bueno y fuente de toda bondad". En el cristianismo, la intimidad divina sustituye la distancia respetuosa y devota.

SUGERENCIAS PASTORALES

1. En este domingo continúa también el retrato de la comunidad cristiana ideal. Esta es generada por la Palabra de Dios que debe proclamarse ininterrumpidamente. Además está alimentada por el amor operante a los hermanos, sobre todo los más débiles. Dostoevskij se preguntaba: "¿Padres y maestros, yo me pregunto: que cosa es el infierno? Y afirmo que es el tormento de no ser capaces de amar". La comunidad cristiana se fundamenta sobre la piedra viva que es Cristo, y está estructurada con piedras vivas que son los cristianos: Ella misma está viva y es cristológica. La comunidad cristiana es llevada a su meta última: El "lugar" preparado por Cristo.

2. En la liturgia de hoy se pinta claramente la relación de la Iglesia con Dios.
La oración y la meditación de la palabra se ligan a Cristo-verdad. El "servicio de las mesas" y la comunión con Cristo, se ligan al Cristo-vida. La esperanza y la fe, se ligan al Cristo-vía. En el centro de la comunidad la figura de Cristo es el paradigma y la fuente de la existencia cristiana. Evdokimov destacado teólogo ruso, en su obra La Edad de la Vida Espiritual, escribía: "San Pablo menciona muy brevemente su éxtasis, y con esta ocasión menciona los elementos esenciales de la vida cristiana. En Cristo, yo he reconocido a un hombre. El éxtasis no es una gracia particular, para nada indispensable y nunca buscada. Cada bautizado por el contrario es este hombre en Cristo" (Bolonia 1968, p 255).

3. En el leccionario de hoy aparece también la Santísima Trinidad. Cristo es el mediador perfecto del Padre ("El que me ha visto a mi ha visto al Padre") y efunde el Espíritu en sus discípulos (los diáconos "plenos del Espíritu"). En la espiritualidad cristiana "el fin último, la felicidad del reino celeste no es la visión de la esencia, sino la participación en la vida divina de la Trinidad, el estado deificado de los "coherederos de la naturaleza divina", de los seres creados frente al Dios increado, poseyendo por gracia todo aquello que la Trinidad posee por naturaleza" (V. Losskij, La teología mística de la Iglesia de oriente Bolonia 1967, p. 59)

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