Ciclo B

V DOMINGO DE PASCUA

LECTURAS:

Hechos 9, 26-31
I Juan 3, 18-24
Juan 15, 1-8

En el discurso de despedida, en la Última Cena, Juan presenta muchos temas típicos de su teología y de su mística. En la perícopa evangélica de este día, construida bajo el modelo estilístico de las parábolas que en ocasiones son alegóricas, el evangelista ilumina la relación de intimidad que media entre la Iglesia y Cristo. Ya el A.T. en otras ocasiones había usado este simbolismo de la viña para ilustrar el nexo que se da entre Israel y su Dios, un nexo de cuidados y premuras de parte del Señor y de indiferencia y rechazo de parte de Israel (al respecto es emblemático el espléndido canto de Isaías sobre la viña en Is. 5, 1-7; cfr. Jer.2, 21; Ez. 17, 1-10; Sal. 80). El sarmiento unido al tronco, la adhesión vital del creyente a Cristo son esenciales para la fecundidad de los frutos: no por nada el cuarto evangelio repite hasta en 5 veces la expresión en mí. El permanecer en Cristo es fundamental para la renovación de nuestra fe para que tenga un sentido que pueda sobrevivir. Si el fiel se separa de Jesús, se condena a la perdición, por eso el v.6 que contiene esta declaración no sólo tiene un valor escatológico-futuro. De hecho para San Juan la escatología se ha ya iniciado con la encarnación de Cristo; y ahora el hombre decide su destino. Detrás del símbolo del sarmiento seco y árido, perdido a las orillas del campo, está el misterio del rechazo que el hombre puede oponer a la vida y al amor, está el problema de la confrontación entre la luz y las tinieblas.

Pero los sarmientos lozanos y reverdecientes que coronan el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, conocen también el momento de la poda (v.2). Es la purificación necesaria que Dios cumple para tener una Iglesia sin mancha y sin arruga (Ef 5,27): la fe no se da de una vez para siempre, sino que es una realidad viva como el amor y exige un continuo crecimiento y una continua liberación de nuestras escorias y limitaciones. La purificación puede suceder incluso a través de la dolorosa experiencia de la persecución y de la prueba. Es significativa la anotación inicial de la primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles: Pablo vive aislado y marginado en la misma comunidad cristiana porque todos le tenían miedo, sin creer aún, que fuera un discípulo (9,26). Es más, el odio crece a tal grado que la comunidad de lengua hebrea, viendo que la palabra del Apóstol habría demolido su cerrazón integralista, trató de darle muerte (v. 29). Como el grano de trigo no produce fruto si no muere (Jn. 12,24), así el sarmiento no puede tener fuerza y energía si no está vinculado a Cristo sufriente y crucificado.

Es así como nace la paz verdadera. De hecho la mutua inmanencia, la de Jesús en el creyente y la del creyente en Jesús, es condición indispensable para "dar fruto": sin mí no pueden nada (v.15). Incluso para la Iglesia entera, la seguridad, la paz y los frutos no nacen de técnicas siempre más refinadas o de mecanismos político-económicos sofisticados, sino de un total aferrarse a la Palabra de Dios y al Espíritu Santo que la conforta y la sostiene. El luminoso perfil final de la Iglesia palestina trazado por Hech. 9 es el testimonio más vivo: La Iglesia estaba en paz...; crecía y caminaba en el temor de Dios, llena de consuelo por el Espíritu Santo (v.31). Es esta la gloria más alta que sube a Dios desde la tierra consiste en que: en esto el Padre es glorificado: que den mucho fruto y en que sean discípulos míos (15,8).

La segunda lectura, tomada, como sucede con frecuencia en el tiempo pascual, de la primera carta de San Juan, precisa concretamente los frutos que nacen de nuestra unión mística con Cristo. El nexo con el simbolismo del evangelio es evidente en la conclusión (3,24) donde se evoca el verbo permanecer-morar del sarmiento en la vid. El fruto fundamental que especifica la moral pascual es el amor con hechos y en la verdad (v.18). La fórmula indica los dos criterios de autenticidad del amor: el existencial ("hechos") y el teológico ("verdad"). La verdad para Juan es la revelación de Cristo acogida en la fe: la adhesión a la Verdad-Cristo (2 Jn. 1-2) nos hace ser como Cristo que ha dado la vida por la persona amada (Jn 15,13). Es necesario ser como Dios mismo, perfecto como él (Mt 5, 48), aunque si para alcanzar este ideal es necesaria la poda-purificación del perdón (v.20) que nace del corazón infinitamente misericordioso de Dios (Lc.1, 49-50).

La fe (en el v.25 se usa por primera vez en la carta, el verbo creer) y el amor son, de este modo, los componentes esenciales de nuestra realidad de cristianos, son el mandamiento por excelencia, el fruto esencial que debe producir el fiel, injertado en Cristo-vid verdadera. Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros (v.23).

SUGERENCIAS PASTORALES

1. La mística de San Juan no es un estado psíquico fuera de lo normal y estático como con frecuencia se imagina una experiencia espiritual, sino es la madurez de la fe, o sea, la adhesión total a Cristo, como se subraya por la repetición del en mí en el Evangelio del día. Esta se presenta de manera clara incluso por la simbología de fecundidad generada por un proceso vital unitario. La fecundidad de la iglesia no es un producto del orgullo cultural o de su poder económico-social o de sus técnicas sofisticadas de consenso, sino de la adhesión a Cristo.

2. Si esta comunicación interior con Dios se rompe se obtiene como resultado la aridez y la sequedad de los sarmientos cortados de la planta-madre. Santa Catalina de Génova, tomando la idea, quizá, de los navegadores genoveses evocaba la técnica de los pescadores de perlas que se sumergían en las profundidades sujetándose a la boca una caña de bambú cuyo extremo contrario permanecía sobre la superficie del agua. Y comentaba: Así nuestra vida, inmersa en las preocupaciones y en la asfixia de nuestras miserias y distracciones, necesita tener abierto este canal de aire y de vida que es nuestra oración, nuestra comunión con Dios, la vida de fe.

3. Los frutos de esta comunión, por lo tanto, son dos, como dice de manera luminosa la segunda lectura: el crecimiento de la fe y el crecimiento del amor. Frutos que continúan multiplicándose no obstante, o quizá principalmente, a través de las podas del sufrimiento y de las pruebas que incluso San Pablo trata en su autobiografía espiritual (primera lectura).

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