| VI
DOMINGO DE PASCUA
LECTURAS:
Hechos
8, 5-8.14-17
1 Pedro 3, 15-18
Juan 14, 15-21
La
Iglesia del Resucitado no conoce barreras políticas
y culturales y continúa realizando el proyecto de evangelización
trazado por el mismo Cristo. La actividad misionera, dispuesta
por todo el colegio apostólico ("los apóstoles
enviaron") y realizada por el Diácono Felipe y
por San Pedro y San Juan se acompaña de la acción,
de la liberación concreta y existencial y de la alegría.
El centro que hay que evangelizar ahora es la comunidad "herética"
de Samaria que ya había visitado Jesús (la Samaritana,
Jn. 4). El primer anuncio, llevado por Felipe, encuentra una
acogida inmediata y gozosa. A esta primera fase sigue una
segunda intervención, cumplida por los testigos calificados
del Resucitado, aquellos que han recibido el Espíritu
Santo y que por lo tanto lo pueden repartir entre los fieles.
Los dos encargados oficiales son San Pedro y San Juan. Ellos
comunican el don del Espíritu Santo a los que fueron
bautizados por Felipe, a través de la imposición
de las manos. El rito con frecuencia visto por la tradición
eclesial como el sacramento de la confirmación en los
hechos de los apóstoles, es un "pentecostés"
en miniatura que ratifica la fundación de la Iglesia
en Samaria. En efecto, según la predicación
de San Pedro en Jerusalén y según la profecía
de Joel (c.3) y la promesa de Jesús, el Espíritu
Santo está presente y anima la entera comunidad mesiánica.
Por
esta razón resulta muy espontáneo que en este
domingo en el evangelio de San Juan se asocie la primera promesa
del Espíritu Paráclito al texto de los Hechos
de los Apóstoles, (14, 15-21). El papel que toca a
la Iglesia naciente se realiza a través de una presencia,
la del Espíritu que continúa la cercanía
y la revelación de Cristo. El Espíritu Santo
que solamente puede ser visto y conocido por la fe en la comunidad
pascual (v.17), reviste por lo tanto una función cristológica
y eclesiológica: Cristológica porque tiene el
mismo papel de Cristo, dando fuerza y revelando el misterio
del Padre. Eclesiológica porque hace realidad la unidad
en la Iglesia y además la enseña a acoger el
mandamiento del amor (v.21).
El
día de Pentecostés podremos meditar sobre la
realidad del Espíritu Santo, aunque ya en este fragmento
de los discursos de la última cena, se puede entrever
la necesidad "de tener con nosotros a este Consolador"
(v.16) en espera de que Cristo "regrese" a nosotros
(v.18) después de la oscuridad del itinerario teológico
presente.
En
la introducción de la Gaudium Et Spes se encuentra
una frase iluminadora sobre la misión "histórica"
del Espíritu: "la Iglesia está compuesta
de hombres, los cuales, reunidos todos en Cristo, son guiados
por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino
del Padre, y tiene que proponer a todos un mensaje de salvación".
También
el término griego Paráclito tomado del ambiente
forense, puede precisar esta misión. Juan ve en paralelo
la vivencia de Jesús y la de la Iglesia, como un gran
debate procesal. Este tiene como resultado, sobre el plano
fenoménico y superficial de los eventos, la derrota
de ambos frente a su acusador, el mundo pecador. Pero sobre
el plano sobrenatural esta muerte de Cristo y de la Iglesia
en la cruz, es precisamente la raíz de la salvación
que darán a la humanidad y de su triunfo sobre el mal.
En este atormentado proceso la Iglesia no está sola,
la Iglesia tiene junto a sí un abogado defensor (el
Paráclito), el Espíritu que lanzará su
juicio contra el mundo y que será el consolador de
la comunidad, dándole la misma fuerza de Dios.
A
partir de esta fuente nace la dulce y respetuosa seguridad
de la Iglesia, presentada por la segunda lectura tomada de
la primera carta de San Pedro, que es un documento catequético
de la comunidad cristiana primitiva. El sufrimiento de la
Iglesia es paralelo al de Cristo. Este sufrimiento no desemboca
en una reacción de juicio vengativo o de muerte. Su
resultado por el contrario es "la esperanza" (3,15)
y "el bien" (3,17) del mismo modo que la pasión
de Cristo ha realizado la victoria sobre el pecado, sobre
la injusticia y nos ha dado el don de el "retorno a Dios"
y el don de la vida en el Espíritu (3,18). La experiencia
pascual de Cristo por consiguiente, es la misma experiencia
que la Iglesia debe saber vivir con el coraje de un testimonio
universal ("a cualquiera"), no violenta ("con
dulzura"), abierta y tolerante ("con respeto"),
sincera ("con recta conciencia"), luminosa ("quedan
avergonzados aquellos que hablan mal de vuestra buena conducta"),
e ilimitadamente generosa ("sufrir haciendo el bien").
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El Espíritu Santo según las promesas de Jesús
registradas en el evangelio de San Juan reviste una doble
función: hacia el interior de la comunidad el Espíritu
mantiene vivo e interpreta el mensaje de Cristo (Jn. 14,26);
hacia el exterior de la Iglesia, da seguridad a los fieles
frente al mundo ayudándolo a descifrar el destino
de la historia, no obstante las apariencias desalentadoras.
Por lo tanto el Espíritu alimenta la fe y la esperanza.
El Espíritu es el signo de la presencia de Cristo
en su Iglesia. Es indispensable abrir las puertas de la
comunidad y de los corazones a la acción del Espíritu
Santo que nos ha dado el Cristo pascual. Con el pecado el
hombre "apaga el Espíritu" (1 Tes. 5, 19),
cierra la fuente de su vida. Con el Espíritu Santo,
principio de calificación de la Iglesia, la comunidad
cristiana se expande en la espléndida pluralidad
de sus dones.
2.
Cristo, El Espíritu Santo, el Padre y los fieles
están vinculados por un lazo de amor. Este es el
tema del Evangelio de hoy. En la Biblia domina la categoría
del encuentro, de la alianza y de la comunión. Esta
categoría es como una semilla fecunda que crece perforando
la costra de la soledad, del silencio y del odio. "Las
promesas escatológicas de la tradición bíblica
(libertad, paz, justicia, reconciliación), no pueden
ser privatizadas. Por el contrario nos empujan siempre cada
vez más hacia una responsabilidad social. Sin embargo
estas promesas no pueden ser nunca identificadas con ningún
estado social. La historia del cristianismo conoce muy bien
semejantes identificaciones o politizaciones que se han
hecho a título de esta promesa (J. B. Metz. Sobre
la teología del Mundo. Brescia 1969, p. 114).
3.
Las virtudes cristianas que fluyen del amor son la esperanza,
que vence el pesimismo; la dulzura y el respeto, que acaban
con el odio y el fanatismo; la coherencia, que "responde
a quienes nos piden razón de la esperanza que hay
en nosotros"; la constancia, que sabe sostener el Espíritu
aún el la oscuridad de la prueba.
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Aviso
legal.
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