| VI
DOMINGO DE PASCUA
LECTURAS:
Hechos
10, 25-27.34-35.44-48
I Juan 4, 7-10
Juan 15, 9-17
Si
nos ponemos a escuchar los textos bíblicos de la liturgia
del día, de inmediato emerge con particular claridad
la exigencia de penetrar, con el estilo de comprensión
propia y no inmediata que comporta la escritura de San Juan,
el significado del término amor (ágape), que
se usa con particular frecuencia en los textos de esta liturgia
pascual.
Lo
que nos llama a cumplir la Palabra de hoy, no es una reflexión
conceptual o más propiamente teológica sino
que se trata, sobre todo, de una renovada invitación
por medio de una escucha inteligente de los textos que hoy
leímos, a considerar de nuevo el amor de Cristo que
sobrepasa todo conocimiento, para que sean colmados de toda
la plenitud de Dios (Ef. 3,19). Nos referimos sobre todo al
v.10 de la primera Carta de San Juan (segunda lectura). Parece
que ya desde ahora se vislumbra una respuesta. De hecho en
esto consiste el amor: no hemos sido nosotros quienes amamos
a Dios, sino que ha sido él quien ha enviado a su Hijo
como víctima de expiación por nuestros pecados.
Es cierto que después de las palabras introductorias
de este versículo esperamos una definición precisa
del amor. Y en cambio nos envía a constatar sobre todo
la existencia de una relación entre Dios y nosotros,
realizada concretamente por un intermediario: El Hijo. Decir
entonces, que Dios es amor no equivale tanto a describir una
realidad estática, sino más bien a hacernos
conscientes de un Dios que se mueve realmente en una dirección
y con una finalidad precisa: Dios ha enviado a su Hijo unigénito
al mundo para que nosotros tuviésemos la vida por él.
El
versículo apenas citado contiene incluso una segunda
connotación del amor de Dios. Él viene a nuestro
encuentro por medio de la obra mediadora del Hijo, para que
nosotros podamos tener la vida por su medio y así alcanzar
la plenitud del amor. En efecto quien ama, ha nacido de Dios
(tiene la vida) por Dios y conoce a Dios. En Cristo, Dios
nos ha dado la vida, nos ha engendrado en el amor y así
en Cristo nosotros los discípulos, engendramos también
la vida y bautizamos en el amor al mundo entero. De este modo
entramos en la amplia perspectiva expresada en la primera
lectura del día de hoy (Hech. 10).
De
este modo la dinámica Padre-Hijo-Discípulos
asume una puntualización más precisa, que está
descrita en el texto evangélico de San Juan y que está
extraído de los llamados discursos de despedida de
la Última Cena: "Como el Padre me ha enviado,
así también yo los he enviado a vosotros. Permanezcan
en mi amor".
Si
el Padre envía al Hijo, el hecho de ser amados por
el Hijo y el hecho de permanecer en su amor, implica ser considerados
parte del mismo impulso misionero que consiste en la donación
de sí mismo. Sólo así se realiza en nosotros
la plenitud de la alegría que aquí se nos promete
(v.11).
Ya
se ha hecho referencia al hecho de que en los discípulos
se expresa la vida, a través de la obra mediadora de
Cristo y que vivir en el amor significa haber sido engendrados
por Dios. Así en este texto evangélico se nos
da la medida cualitativa del amor del discípulo con
una claridad que no parece aceptar alternativas: "Este
es mi mandamiento: que se amen unos a otros, como yo los he
amado": "Nadie tiene amor más grande que
esto: Dar la vida por los propios amigos". Pero podríamos
incluso notar la profundidad de este amor que tiene su origen
en el Padre y que en el Hijo se transparenta para quien es
ya amigo y no siervo: "Todo lo que le he oído
a mi Padre se los he dado a conocer".
Todavía
hay dos puntos excluidos de los textos de San Juan que permiten
introducirnos en la perspectiva descrita por la primera lectura.
En la primera lectura de Juan se puntualiza el hecho de que
el amor no es sólo una prerrogativa del discípulo,
porque "el que ama ha sido engendrado por Dios",
mientras que en el texto evangélico se puede verificar
cómo los discípulos son aquellos que han sido
constituidos por Cristo para que den fruto y que permanezca
(v.16). Se trata entonces no sólo de un amor que se
debe llevar a los hermanos, sino de una actitud de disponibilidad
y de apertura por parte de los discípulos para saber
reconocer lo que "ha sido engendrado por Dios" en
quienes ya viven en el amor.
La
primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles,
nos vuelve a proponer la narración simbólica
del bautismo de Cornelio el pagano y de todos los de su casa,
y nos invita a tener presentes contemporáneamente las
dos consideraciones que hemos descrito: la perspectiva universal
del amor que viene de Dios y la función específica
que le toca al discípulo de Cristo.
Antes
que nada se afirmó que "Dios no hace distinción
de personas, sino que a quien le teme y practica la justicia,
él lo acepta sin importar el pueblo al que pertenezca".
Y quizá el riesgo que traería consigo esta situación
sería el de no tomar en cuenta la amplitud y profundidad
de tal afirmación. De hecho, San Pedro, que representa
aquí de manera eminente a la Iglesia, es quien "se
da cuenta" de la apertura universal del amor de Dios,
realizando una conversión efectiva respecto a la posición
"de los fieles circuncidados". ¿Acaso no
podría darse la posibilidad de sentir la elección
propia, más como una elevación que como un servicio
para todos los hermanos, que ha sido una tentación
que existe desde siempre en la Iglesia? En cambio, "el
Espíritu Santo descendió sobre todos aquellos
que escuchaban el discurso" (v.44), o sea que los paganos
de la casa de Cornelio, entre el estupor de los fieles presentes,
que veían en esta forma destrozada cualquier duda,
así como también veían caer por tierra
cualquier interpretación restrictiva sobre su misión
en el mundo.
El
amor "que viene de Dios" parece romper, por su propia
naturaleza, cualquier sistema que tienda a encerrarse en sí
mismo: "¿O es que se puede prohibir que sean bautizados
con agua a estos que han recibido al Espíritu Santo
como nosotros?"(v.47).
Nos
queda aún desarrollar la función del discípulo
y de la Iglesia relacionándonos con la "dinámica
del amor" que las otras dos lecturas nos han presentado.
Sobre todo es importante subrayar la exigencia de un claro
conocimiento de nuestra parte de haber sido elegidos por Cristo
para continuar en el mundo la misión que el Padre quiere.
Pero tampoco podemos olvidar la conciencia clara de que el
Espíritu está ya de algún modo actuando
en el mundo así que el llevar un anuncio no excluye
en sí mismo la posibilidad de "reconocer"
una presencia, una luz, una mecha humeante!
También
esto es parte de la alegría del creyente que el Salmo
responsorial expresa delante a los grandes prodigios cumplidos
por nuestro Dios (Salmo 98): "El Señor ha manifestado
su salvación; a los ojos de los pueblos ha revelado
su justicia".
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El amor que Dios nos infunde es creativo y engendra
más amor. Nace así una genealogía de
amor de la que da testimonio en la cadena descrita por el
Evangelio y por la carta de San Juan que hoy hemos leído.
Dios ama a Cristo, Cristo ama a sus fieles y los fieles
se aman entre sí. Debemos dejar que la semilla del
amor divino germine en nuestra existencia. Escribía
en la Etapas de la Vida Espiritual el teólogo ruso
Evdokimov: "No permitas que tu Amor y tu Palabra OH
Señor, sean en mi vida como un santuario, o como
una reja que separa la casa de la calle".
2.
El amor de Dios se infunde en todos. La pertenencia
a Cristo no consiste sólo en la inscripción
a registros, razas, ni a partidos sino en la acogida en
el amor. Por esto "quien ama, ha sido engendrado por
Dios". Por esto Cornelio el pagano, entra a título
pleno en la comunidad y por esto podemos pensar con realismo,
que los confines de la Iglesia son más extensos que
aquellos externos porque abarcan a tantos cristianos "anónimos"
e incluyen a todos aquellos que buscan a Dios viviendo en
el amor y en la justicia.
3.
La unidad de medida del amor cristiano es la totalidad
del mismo Cristo. San Juan sustituye la fórmula del
antiguo testamento "Ama al prójimo como a ti
mismo" afirmando "como yo los he amado".
Un amor infinito, un amor que no tiene límites o
excepciones. Precisamente como decían los místicos
orientales, "luego Dios considera a cada hombre como
Dios".
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Aviso
legal.
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