| DOMINGO
DE PASCUA DE LA RESURRECCION DEL SEÑOR
LECTURAS:
Hechos
10, 34a.37-43
Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9
Con
la resurrección de Cristo la humanidad entera se envuelve
en un movimiento de salvación. En la persona de Cornelio,
quien fue centurión romano de Cesarea, están
simbolizados todos los que buscan a Dios con corazón
sincero y constituyen el pueblo consagrado a Dios (Hch. 15,
14). A ellos se anuncia la salvación como fue proclamada
a los judíos y a los primeros testigos: "Porque
Él es nuestra paz: ya que de los dos pueblos hizo uno,
derribando el muro divisorio que los separaba" (Ef. 2,
14). Siempre es muy interesante meditar el Kerigma contenido
en la primera lectura (Hch. 10, 33-43) que está destinado
para la predicación de la Iglesia primitiva y para
su pastoral misionera frente a los no creyentes.
La
síntesis del mensaje se centra sobre la figura y la
actividad de Jesús, el resucitado. Casi se trata de
una escalerilla de temas que después se desarrollarán
en un discurso más amplio y catequístico. La
trama se estructura en cuatro etapas: bautismo de Juan, el
ministerio en Galilea, la muerte y la resurrección,
esta última experimentada y vivida por la comunidad
cristiana como la raíz de su existencia y de su fe.
La iglesia siente fuertemente la necesidad de anunciar este
misterio de libertad, esta intervención salvífica
decisiva del Señor que toca a "vivos y muertos"
y en la cual converge toda la revelación bíblica
("los profetas", v. 43). Todo el discurso de Pedro
sugiere un método nuevo de evangelización: "a
partir de los hechos, de las esperanzas de la gente, y de
los destinatarios concretos, entonces confronta estas esperanzas
con el contenido esencial del evangelio, y lo hace como un
anuncio de paz, de liberación, de justicia, que es
la salvación, don de Dios para todos los hombres. Todo
esto no es una teoría o una doctrina acerca de Dios,
sino un hecho ubicado dentro de la historia, es un acontecimiento
que tiene como protagonista a Jesús, Salvador, muerto
y resucitado. De aquí se puede sacar una consecuencia
práctica: se debe decidir en pro o en contra de Cristo"
(R. Fabris).
La
segunda lectura ratifica el misterio pascual de Cristo que
se expresa conforme al esquema de exaltación de la
tierra hasta el cielo, de la muerte y vida humana hasta la
vida eterna y divina (Col. 3, 1-4). Pablo, el apóstol
encarcelado en Roma (4,3) lanza un mensaje de conversión
a los colosenses, cristianos del Asia menor evangelizados
por Epafras, discípulo de Pablo y "fiel ministro
de Cristo" (1,7). Él vuelve a tomar el esquema
"de la exaltación" aplicándolo al
bautismo cristiano y a todos los rincones de la vida, e invitando
al creyente a vivir su pascua. Las alturas y la tierra son
ciertamente una antítesis, no solamente en el sentido
espacial inmediato, porque si así fuera, la religión
se transformaría en una evasión y alienación
hacia un cielo lejano y nebuloso. El contraste se hace más
claro si lo formulamos con otras expresiones sinónimas
de san Pablo: El mundo de abajo es "el hombre viejo",
"la carne", "el pecado", que en el bautismo
se apagan con la muerte en el sepulcro del agua bautismal.
(Rm. 6, 2-7). El mundo de arriba es "el hombre nuevo",
"el espíritu", "la gracia", que
constituyen la realidad presente del cristiano. Se trata de
la vida nueva "escondida con Cristo en Dios" (v.3),
es decir, vida que hay que experimentar en la fe, porque no
se entendería desde lo físico solamente. Se
trata de la vida que ahora está presente en nosotros
como empezando a nacer, pero que se "manifestará"
(v.4) en la futura plenitud de nuestro destino, cuando el
velo se haya corrido: "Más todos nosotros, que
con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la
gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma
imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa
el Señor, que es Espíritu" (2 Cor. 3, 18).
Juan
en el evangelio de hoy presenta la intervención decisiva
de la Pascua de Cristo que es el corazón del anuncio
cristiano (I lectura) y la transformación de la humanidad
(II lectura). Esta pascua se recuerda a través de la
celebración eucarística de la primera comunidad,
que se realizaba junto a la tumba del Señor, precisamente
"el primer día de la semana" (Jn. 20, 1)
y que era también una celebración de la presencia
pascual de Cristo en la Iglesia. En la narración no
está descrita la resurrección, que es un evento
que engloba y supera la experiencia humana e histórica,
sino que presenta el testimonio de la resurrección
de Cristo resucitado en la vida de la iglesia (Pedro y "el
discípulo que Jesús amaba") que "vio
y creyó" (v.8). Son signos auténticos para
quien está dispuesto y preparado para la fe: la piedra
derribada, el sepulcro vacío, las vendas abandonadas,
el sudario; se necesita saberlos "ver", no con una
demostración común y visual, sino con una intuición
profunda, que es el preámbulo "de la fe".
"El discípulo que Jesús amaba" se
convierte en el creyente típico que sabe "comprender
la escritura" (v.9) y también ver la finalidad
y la unidad de todo el plan salvífico de Dios.
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
La comunidad cristiana debe ser cada vez más conciente
de la importancia del misterio pascual, liberándolo
de lecturas reduccionistas o apologéticas o meramente
espirituales. En la pascua, la historia del mundo queda
envuelta en un nuevo proceso de transformación que
lo proyecta hacia Dios. Cristo ha roto la prisión
de los límites y de la muerte, del pecado y del fin
y ha inaugurado el reino de la redención y de la
gracia. Es necesario llevar la fe cristiana a su matriz
fundamental, evitando las reducciones a modelos de fe vagamente
rituales o filosóficos o sociales o poéticos.
2.
Cristo con su vida hace que la creación tome una
nueva dimensión. La vida ahora pasa por el mundo,
también la historia tiene una esperanza y el hombre
se transforma en hijo. La pascua por consiguiente, es la
conquista de un sentido y de una finalidad nueva para todo
el ser. "El es nuestra esperanza", exclamó
Pablo en Col. 1,27. El compromiso moral subrayado por la
segunda lectura de hoy, es la respuesta gozosa del hijo
que es una nueva criatura, al abrazo salvador del Padre.
3.
El tiempo y la muerte han sido superados por Cristo. La
oración laica de Montale puede tener un cierto contenido
interior: "protegedme custodios míos silenciosos.
Protegedme de la película barata que se desarrolla
frente a mí
" (L'opera in versi, Turin
1980, p. 498). El momento crucial para el cristiano, se
encuentra precisamente en el destino de esta "película"
que trata sobre la vida: con la resurrección de Cristo,
la vida ha tomado una solidez y una fuerza nueva. "Porque
si nos hemos injertado con él por una muerte semejante
a la suya, también lo estaremos por una resurrección
semejante" (Rm. 6,5)
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Aviso
legal.
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