| DOMINGO
DE PASCUA DE LA RESURRECCION DEL SEÑOR
LECTURAS:
Hechos
10, 34a.37-43
Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9
La
liturgia del Domingo de Pascua no presenta ninguna descripción
de la resurrección de Jesús. Por lo demás,
las páginas del N. T. no nos ofrecen ninguna crónica
de este evento. Además el anuncio del evangelio nos
habla más bien de la irrupción de Cristo en
la Iglesia de los orígenes y de los primeros creyentes
que de esta manera alcanzaban la fe en el Resucitado.
La
primera lectura, se refiere a los Hechos de los apóstoles,
se trata del núcleo central del discurso pronunciado
por Pedro en casa del centurión Cornelio. Esta clarísima
síntesis del mensaje cristiano que hoy leemos en la
liturgia, está constituida por el anuncio del kerigma
(vv. 37-41) y por el llamado a la fe (vv. 42-43). La estructura
y la trama son comunes a casi todos los discursos kerigmáticos
de Pedro y de Pablo que se encuentran en el libro de los Hechos:
-
El bautismo y la "consagración" mesiánica
mediante el Espíritu que desciende sobre Jesús;
-
La actividad pública que está recogida en torno
a los signos de liberación en favor de los que sufren
y de los oprimidos del demonio;
-
La muerte y la resurrección, con el "crédito"
de los discípulos que experimentaron lo que Jesús
hizo desde el principio y que "comieron" con el
Resucitado (símbolos de comunión y de experiencia
vital);
-
La misión de los apóstoles que deben anunciar
a Jesús, que es Cristo Resucitado, dando testimonio
de que él es juez y llama a la fe para la remisión
de los pecados.
La
experiencia histórica de Jesús es el centro
de esta predicación. Aquí no se proclama una
nueva doctrina ni una serie de enunciados verificables, sino
que se predica la vida de un hombre que antes que hablar quiso
actuar el valor salvífico de su muerte. Él tiene
poder para perdonar los pecados y de reconciliar al hombre
con Dios. La resurrección se presenta como el evento
que lleva a los fieles a la conciencia del peso específico
de los hechos y los convierte en testigos, para que a su vez
llamen a los demás a creer en el nombre de aquel que
perdona los pecados.
También
Pablo escribiendo a los Colosenses (segunda lectura) no habla
específicamente de la resurrección, como si
estuviera preocupado por ofrecer los términos históricos
de la cuestión, sino que más bien trata de definir
teológicamente el significado que tiene para los creyentes
la resurrección de Cristo.
Estos
cuatro versículos, que abren la parte exhortativa de
la carta a la iglesia del Colosense, delinean la resurrección
de Jesucristo y nuestra participación por medio del
bautismo en su Pascua.
La
experiencia pascual, presentada según el esquema de
una "exaltación", como en la teología
de San Juan, pone a Cristo "allá arriba",
es decir fuera del horizonte terreno, sentado a la derecha
del Padre. Es una vida que trasciende los límites de
la experiencia humana y por lo tanto también el límite
de la muerte y es colocada en la perspectiva del retorno final
cuando Cristo aparezca en su gloria.
Más
que dar unas coordenadas históricas y más que
describir la realidad de los fenómenos, San Pablo quiere
decirnos cómo todo esto se incorpora en nuestra existencia.
Para esto el misterio pascual no se describe de un modo directo
sino que se requiere recuperarlo tomándolo directamente
de las palabras del apóstol.
El
bautismo nos hace participar de la Pascua, como también
nos ha hecho participar de la muerte de Cristo. Por lo tanto
que debemos trascender el horizonte de "acá abajo"
de la realidad del "hombre viejo" y limitado, y
pensar en las cosas de "allá arriba donde esta
Cristo". Nuestra participación en la Pascua de
Cristo será luego revelada de modo definitivo en su
"regreso", es decir, cuando todo sea recapitulado
en Cristo (Rm 8).
En
fin, ni siquiera el Evangelio, del que podríamos esperar
algo de más, nos dibuja una narración de la
resurrección que pueda apoyar nuestras representaciones.
San
Juan ya presentó sobre la cruz la exaltación
pascual de Jesús. Con los signos del agua y de la sangre
ha develado la verdadera identidad del hombre crucificado
que es ahora es el nuevo templo del que sale un río
de agua que fecunda (cfr. Ez 47,1) y es el cordero de la verdadera
Pascua al que no se le quiebran los huesos y en el que la
sangre es esparcida para la salvación del pueblo (19,
33-36). Ahora el evangelista completa su anuncio hablando
del tiempo eclesial posterior a la Pascua y que precisamente
ha nacido de la misma Pascua, conforme a un esquema que también
es común a los sinópticos.
San
Juan más que estar preocupado de completar en esta
perícopa los lineamentos de la figura de Cristo resucitado,
está más interesado en mostrar cómo los
primeros testigos se van agregando a la fe. La ubicación
temporal en el primer día después del sábado
(es decir en el Domingo), encuadra este pasaje en el contexto
de la celebración dominical de la comunidad de los
primeros creyentes. Quizá podríamos pensar en
una liturgia frente al sepulcro de Cristo.
San Juan habla de algunos signos: la piedra movida del sepulcro,
las vendas y el sudario doblado, pero que de por sí
son signos ambiguos, insuficientes para llegar a creer; por
eso María corre y se va asustada. El discípulo
amado por el contrario es el modelo del creyente que "ve
y cree" (v. 8). Cuando se ha ofrecido el don de la fe
(porque la fe antes que nada es un don y no una conquista
del hombre), entonces se comprenden las Escrituras, entonces
se tiene el corazón abierto para escuchar el testimonio
de los profetas, como dice San Pedro en la primera lectura
de hoy (Hechos 10,43), donde se anuncia que deben resucitar
de entre los muertos para salvar a la humanidad. Para la Palabra
de Dios, la Pascua no es primero que todo, un evento para
platicar o para demostrar que Jesús es hijo de Dios,
tampoco es la prueba que certifica uno o más anuncios
hechos por Jesús. Los apóstoles no se preocupan
de remarcar la secuencia de los hechos en su predicación,
porque esto es algo que supera el conocimiento del hombre
y la pura verificación histórica, no obstante
que pertenezcan también a la historia. La resurrección
de Jesús no puede ser "poseída" por
ninguno, por esto nuestra fe no se apoya tanto que alguno
que atestigua jurídicamente haber visto, sino que nuestra
fe se apoya totalmente sólo en Cristo todavía
vivo y presente en su Iglesia. La predicación de los
apóstoles se preocupa por anunciarnos la presencia
de Cristo más allá de los límites de
la vida y del conocimiento humano, una presencia que conserva
intacta su realidad y su eficacia. Los apóstoles nos
anuncian que también nosotros podemos creer así
como ellos creyeron. Son testigos no sólo de un evento
que ha ocurrido una vez para siempre, sino que todavía
está presente.
San
Pedro da testimonio de que Cristo perdona el pecado de quien
cree en él. San Pablo da testimonio que, buscando las
"cosas de Cristo" y no las de la tierra, se participa
de la gloria final junto con Cristo. San Juan da testimonio
de los signos que nos llaman a tomar una posición frente
Cristo y que nos cuestionan a propósito de la fe. La
resurrección es una presencia que interviene en nuestra
vida, como ha intervenido en la vida de los primeros creyentes
llamándolos a ser testigos regenerándolos a
una vida nueva. La resurrección interviene también
en la vida de los discípulos que han abandonado a Jesús
en el huerto de los olivos en el momento de su captura, haciendo
de ellos, un grupo de desbandados privados de esperanza, los
primeros creyentes en la más grande de las esperanzas
de la humanidad. Interviene en nuestra historia de pecado
y de miseria y la transforma en la "epopeya del nuevo
éxodo hacia la tierra de la plena libertad, hacia el
alba del nuevo día" (Claudel). En la "noche
más clara del día", según la expresión
de la liturgia de la vigilia pascual, "la palabra omnipotente
de Dios que ha creado los cielos y la tierra y ha formado
al hombre a su imagen y semejanza, nos llama a la vida divina,
el hombre nuevo, Jesús, el hijo de Dios y el hijo de
María", escondida primero bajo los despojos del
siervo (San León Magno).
SUGERENCIAS
PASTORALES
1.
El primer nivel del leccionario pascual es el horizontal:
la tierra con el itinerario histórico de Jesús
maravillosamente sintetizado en el epígrafe trazado
por San Pedro en su kerigma a Cornelio: "Jesús
donde quiera que pasaba hacía el bien". La Pascua
es la exaltación de la salvación que pasa
a través de la "resurrección", es
decir a través de la recuperación de todo
el ser en un nuevo orden de relaciones. Ponernos en conexión
a con la Pascua de Cristo, lleva consigo el compromiso de
nuestra unión en su amor terreno y en la transformación
de la entera realidad existente.
2.
El segundo nivel del leccionario pascual es el vertical,
el cielo, el "allá arriba" de la carta
a los Colosenses. La vocación humana tiene una meta
trascendente. Por medio de la Pascua el cristiano se hace
plenamente hijo de Dios y se coloca en la esfera de lo divino
"partícipe de la misma naturaleza de Dios".
Dios transformado totalmente en Otro en la Pascua, atraerá
a sí mismo la humanidad fiel y desde aquel momento
para el hombre se hace verdad el dicho de los autores espirituales
orientales: "Adéntrate en ti mismo y encontrarás
a Dios a los Ángeles y el Reino".
3.
El tercer nivel del leccionario pascual es el subterráneo,
el sepulcro que Cristo vence. La tumba en el lenguaje bíblico
es símbolo del Sheol, es decir de Hades y de la Muerte.
El destino del hombre es arrancado de las manos de la muerte,
el sepulcro es vencido, triunfa la vida, la esperanza se
convierte en el sello del creyente. Totalmente conquistado
por Dios a través la resurrección de Cristo
y hermano de la humanidad entera, el fiel tiene en sí
mismo una tendencia innata y casi en conflicto: "Tu
nos haz hecho para Ti y nuestro corazón está
inquieto hasta que no repose en Ti... Por Ti solamente yo
vivo, hablo y canto" (San Agustín).
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Aviso
legal.
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