| DOMINGO
DE PASCUA DE LA RESURRECCION DEL SEÑOR
LECTURAS:
Hechos
10, 34ª.37-43
1 Corintios 5, 6b-8
Mateo 28, 1-10
El
misterio central del cristianismo, sin el cual "vana
es nuestra predicación, vana también nuestra
fe" como escribe San Pablo a los corintios, se medita
y se celebra en la Pascua cristiana con un leccionario muy
vasto y articulado que se abre con la selección de
la Vigilia pascual y se concluye con una mini antología
de textos para la misa de resurrección. Efectivamente,
hoy las páginas bíblicas sugeridas que se ofrecen
para que el presidente de la asamblea litúrgica escoja,
son seis: la perícopa fija del kerigma de Pedro al
pagano Cornelio (Hch 10, 34ª.37-43), la reflexión
paulina "vertical" sobre la exaltación gloriosa
de Cristo que debe reproducirse en cada cristiano que "busca
las cosas de arriba y no las de la tierra" (Col 3,1-4),
la breve pero sugerente homilía pascual que Pablo dirige
a los corintios (1 Cor 5,6b-8), la narración del encuentro
que la Iglesia hace, a través de sus "columnas",
San Pedro y San Juan, con los signos de que Jesús ha
sido liberado de la muerte (la tumba vacía de Jn 20,1-9),
el hallazgo paralelo de las mujeres y su encuentro con el
anunciante divino que ratifica la fe de la Iglesia en la resurrección
(Mt 28,1-10) y, finalmente, en la liturgia vespertina, el
encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos
en la escucha de la Palabra y en la fracción del pan
(los discípulos de Emaús: Lc 24,13-35). Nosotros
escogimos la narración de Mateo relacionándola
con la predicación de Pedro y con el anuncio paulino
más antiguo (1 Cor 5).
Como
los exegetas han hecho notar, el mensaje pascual de San Mateo
está articulado sobre dos paneles de un mismo díptico,
aunque uno sea más extenso que el otro. El primero,
que contiene un elemento único de Mateo, probablemente
apologético, en el episodio de los guardias que custodiaban
el sepulcro, está estructurado sobre la alternancia
de dos clases de personas emblemáticas, los guardias
y las mujeres. Dichas personas encarnan respectivamente el
rechazo y la adhesión, pero ambas deben "verificar"
directa o indirectamente la realidad de la Pascua de Cristo
atestiguando a la humanidad toda su impetuosa e incontenible
fuerza (27,62-28,15). El segundo panel del díptico,
a pesar de ser más breve y esencial, es solemne y grandioso
en su contenido: en una aparición-testamento Jesús
confía a su iglesia la misión de la salvación
a través del anuncio y el bautismo (28,16-20).
Contemplemos
el primer panel del díptico del que está tomada
la perícopa evangélica de hoy. Como en aquella
síntesis cristológica primitiva que es el evangelio
de la infancia de Mateo, también aquí, frente
al misterio de Cristo, se presenta una división: Jesús
es escuchado por los justos y por los extranjeros (Mt 1,1-25;
2,1-23) pero es rechazado y perseguido por los judíos.
Se marca así la ruptura insanable entre la Iglesia
y la Sinagoga experimentada y atestiguada en repetidas ocasiones
por San Mateo. Pero contra los soldados y contra Herodes,
contra el proyecto judío de encerrar para siempre a
Jesús en las tinieblas de la muerte surge el triunfo
refulgente del resucitado que se revela a los pobres y a los
olvidados, a los rechazados por ser extranjeros (Reyes Magos),
al pobre José y, aquí, a las mujeres, las criaturas
más humilladas en la clasificación de la sociedad
oriental.
La
perícopa se transforma, entonces, en un relato fuertemente
teológico dominado por una teofanía en torno
a la cual se coloca a dos personajes-típicos, el enemigo
de Dios y el fiel. Los enemigos de Dios, encarnados en el
símbolo de los soldados (históricamente dudoso
por su marcado valor apologético y porque su confirmación
se halla solamente en el apócrifo "Evangelio de
Pedro"), son espectadores preocupados y corruptos que
en vano pretenden bloquear la Vida que Cristo tiene en sí
mismo y que quiere difundir en el cosmos y en la humanidad.
Y paradójicamente son ellos quienes deberán
"anunciar a los sumos sacerdotes todo lo acontecido"
(v. 11), después de haber experimentado la fuerza de
la Vida que les ha revelado su realidad de "muertos"
(v. 4). El dinero, como el que recibió Judas, es el
colmo de su infamia y de su derrota.
La
cristofanía central en Mateo difiere mucho de las visualizaciones
escenográficas de los apócrifos y de la tradición
tardía iconográfica cristiana. Hemos de recordar,
sin embargo, que hasta los siglos X-XI la resurrección
no fue nunca representada en el arte cristiano, que en esto
fue fiel a la sobriedad de los Evangelios. Estos quisieron
subrayar fundamentalmente las dimensiones del misterio que
la Pascua conlleva y, por ende, su inefabilidad substancial.
Sólo el terror de los incrédulos (v. 4) y el
estupor gozoso del creyente (vv. 5 y 8) son el eco de una
realidad escatológica que, sin embargo, incide profundamente
en el entretejido de nuestra historia. Por otra parte, en
el centro de la teofanía se halla el Ángel del
Señor, a saber la voz misma de Dios. El ángel
está sentado sobre la roca del sepulcro, ahora hecha
ya a un lado, para representar el triunfo definitivo de Dios
sobre la muerte: en efecto, la tumba en la tradición
bíblica es el símbolo del Sheol y de la Muerte.
El ángel no recita el kerigma de la Iglesia para probar
su autenticidad ("Ha resucitado") como en San Marcos,
sino que lo comenta relacionándolo con dos datos esenciales
de la palabra de Jesús ("como había dicho")
y a la experiencia profunda del creyente que en el sepulcro
vacío ve el signo del triunfo real de cristo sobre
la muerte. De este encuentro con la Pascua nace la característica
misionera de la Iglesia ("vayan y digan: Ha resucitado
de entre los muertos").
Los
creyentes, en cambio, están tipificados en las mujeres
que para Mateo son también los testimonios ininterrumpidos
del acontecimiento "muerte y resurrección"
(asisten a la muerte en 27,56 y a la sepultura en 27,61).
Aunque en su corazón hay oscuridad, ellas están
abiertas y dispuestas a recibir el anuncio liberador y es
por eso que en el sepulcro vacío descubren el sentido
de su fe y reencuentran su alegría y su esperanza.
Con estas personas humildes y marginadas ante los ojos de
la sociedad Jesús inicia el encuentro con quienes Mateo
llama aquí "mis hermanos" (v. 10): Cristo,
rompiendo el velo y la mediación del ángel,
se pone personalmente en su camino. Ahora las mujeres se transforman
en el modelo del fiel que adora en el culto a su Señor:
"Y ellas, acercándose, se agarraron a sus pies
y lo adoraron" (v. 9).
Recibido
el anuncio y vivida la experiencia pascual, "los hermanos"
del Cristo resucitado se lanzan al mundo evangelizando "la
palabra que El ha enviado a los hijos de Israel, anunciándoles
la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el
Señor de todos", como dice San Pedro en la apertura
del espléndido kerigma para los gentiles que leemos
hoy en la primera lectura (Hch. 10,36). El alma de este anuncio
está precisamente en la testificación de la
resurrección, razón y base de toda evangelización:
"a quien llegaron a matar colgándolo de un madero;
a éste Dios lo resucitó al tercer día
y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el
pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido
de antemano" vv. 40-41). Este mismo anuncio es proclamado
también por Pablo a quien está ya comprometido
en la fe, sea judío o griego (1 Cor 15,3-5), para que
se convierta en raíz de la nueva existencia cristiana.
Bajo esta luz se comprende el valor del fragmento homilético
pascual insertado en (1Cor 15,3-5) y formulado según
el modelo de una haggadah ("sermón") cristiana
pascual. El 14 de Nisán todas las casas debían
estar libres de cualquier pieza de pan fermentado, considerado
simbólicamente principio de impureza (Ex 12,15), mientras
el pan pascual debía ser completamente ázimo.
Incluso una cantidad microscópica de levadura puede
corromper toda la masa de la comunidad (véase Mt 13,33;
Lc 13,20-21). Sólo después de esta purificación
pascual los cristianos podrán celebrar una verdadera
Pascua. Es verdad que los cristianos ya son "ázimos",
ya son un nuevo organismo, pero corren el riesgo de ser infectados
posteriormente por microbios sobrevivientes, heredados de
la masa vieja fermentada por la levadura, es decir, su pasado
de "criaturas viejas". El "indicador"
de la liberación verdadera de la levadura vieja realizada
por Cristo no excluye el "imperativo" del compromiso
moral continuo. Es así como debe celebrarse la Pascua
cristiana: el cordero rodeado por los panes ázimos
del rito antiguo, Cristo rodeado por cristianos purificados
en la nueva Pascua (vv. 7-8).
SUGERENCIAS PASTORALES
1.
Siendo el eje del año litúrgico y de la
fe cristiana, la Pascua es también una invitación
a redescubrir el sentido nuevo de la historia y del ser.
El paso real y desquiciante de la divinidad en la realidad
del mundo y de la humanidad se convierte en fuente de orden,
de armonía, de consistencia. El peregrinar humano
no es ya un río de espirales absurdos que desemboca
en la nada, sino un fatigante pero luminoso peregrinar hacia
el Reino de Dios en el que "Dios será todo en
todos". "Cuando el porvenir no tiene ya ninguna
fascinación que haga desear el mañana y la
amargura de las lágrimas es el único gusto
de nuestro pan, es entonces cuando tu salvación se
eleva en el silencio de mi corazón y tu mano, Dios
mío, sostiene el peso helado de mi dolor" (A.
de Lamartine, Una lacrima).
2.
En torno al misterio pascual que, aun acompañado
de signos, continúa siendo un misterio, se dan constantemente
dos reacciones, la somnolienta o hipócrita de los
guardias y de los jefes del pueblo y la viva y misionera
de los simples y puros de corazón, las mujeres. Es
necesario reencontrar la frescura de esas mujeres, la de
Pedro y de Pablo y ser testimonios impulsados por esta novedad,
prontos a anunciarle al mundo el acontecer nuevo y mejor
inaugurado por Cristo.
3.
La Pascua, como enseña San Pablo en la perícopa
de 1 Cor 5, tiene una redundancia ética y existencial.
La malicia y la perversidad son características de
un hombre pre-pascual. Cristo, como dice el prefacio pascual,
"muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando
nos dio la vida". Esta vida nueva debe expandirse en
amor, en justicia, en actos de salvación que el fiel
irradie en el mundo. La Pascua es el cántico del
hombre nuevo. Con la resurrección de Cristo el presagio
de la antigua sabiduría tiene un valor inédito.
Sófocles había dicho en el Antígono:
"Muchas son las cosas admirables, pero ninguna es más
admirable que el hombre". Ahora bien, con la muerte
y resurrección, Cristo nos ha enseñado la
importancia y el esplendor del hombre. Y los fieles deben
ser sus intérpretes y operadores continuos en el
mundo.
<arriba>
Aviso
legal.
|